Vacaciones Parte 1

Historia corta que me ha estado rondando desde las vacaciones pasadas (producto de la ociosidad por estar encerrada en la casa con gripe).

Es algo un poco futurista, con algunos personajes en los que pienso bastante.

Creo que van a ser unas 3 o 4 partes, pero no más, porque aún tengo que terminar "La Junta de Montmartre" y pasar exámenes finales del cole y los de admisión de la U. Así que ni modo se queda cortito.


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Vacaciones - Parte 1

—Es increíble que hace veinticinco años ni siquiera tuviera idea de que existía gente con poderes… —comentó al aire una mujer morena y de cabello negro, con unos cuarenta años. Estaba de pie frente a un monasterio budista, en apariencia pese a que se localizaba en el otro lado del mundo: en América. Se le conocía como la "Casa de Autocontrol", donde desde hacía casi veinte años se enseñaba a quienes desearan aprender controlar sus poderes y ser mejores personas.

Estaba en uno de los puntos más altos del país, cerca de los cuatro mil de altura sobre el mar. Un lugar casi inaccesible y donde cualquier tecnología usual, como los populares vidcons que remplazaron a los anticuados celulares de la primera década del siglo, no funcionaba. Ese era parte del encanto del lugar: la sensación de aislamiento y seguridad al mismo tiempo lograba sacar lo mejor de los aprendices, con muy pocas excepciones.

—Ha pasado muy rápido el tiempo desde esos días— le dijo una voz femenina a su espalda, la mujer dio un respingo. La otra mujer, de una edad aproximada a la suya, se había acercado sigilosamente—. Me parece que fue ayer cuando tuve a mi hija, y mírala ahora: toda una mujer y dando lecciones a los novatos.

—¡Kim, vaya susto me has dado! Siempre tan sigilosa amiga…— Le dijo mientras la saludaba con un abrazo— Es bueno verte. Te ves genial, como siempre…

—Tú también te ves muy bien, Vale. Veo que la vida en París te ha sentado muy bien… Vamos adentro, te invito a un té o algo… —le dijo Kimberly mientras señalaba al edificio que ambas observaban. Nada se le escapa a Kim, pensó Valeria, ya sabe que quiero hablar de algo… Así que sólo asintió en silencio y siguió a su amiga al templo.

Mientras caminaban a través del jardín que rodeaba el templo, muchos aprendices detenían sus variadas prácticas, para saludar a Kimberly con deferencia. Era más que obvio que ella era la líder del lugar. Su figura resultaba impotente, alta, morena aunque no tanto como Valeria, un año más de vida y su gran seguridad, la convertían en alguien a quien era fácil admirar. Además estaba su reputación de heroína intachable, aunque pocos alumnos de verdad eran conscientes de quien era su maestra realmente: una gran heroína, que en el pasado había estado dispuesta a dar su vida por defender a millones de inocentes, que era justo como la recordaba Valeria. Reconoció a una de las instructoras, Jamie Ann el vivo retrato de Kimberly a los dieciséis, y se sorprendió de lo rápido que había crecido la hija de su amiga.

Ingresaron al edificio, todo seguía tal y como lo recordaba: salones, aulas, dormitorios y cocinas. Incluso el mismo ligero olor a incienso, y ese tono amarillo claro en las paredes, la diferencia eran los rostros. Casi no reconocía ninguno fuera del de su vieja amiga y su hija. Tras pasar por dos tazas con té a la cocina, las dos mujeres se dirigieron al jardín interno del templo. La temperatura era mucho más confortable, así que habían más flores y plantas ornamentales que afuera del edificio. Una vez allí, Kimberly teletransportó dos sillas y una pequeña mesa, sin siquiera pestañear, para ambas.

—Val, disculpa mi franqueza… ¿Por qué estás aquí?— le preguntó mientras se acomodaba en su silla.

—Ya extrañaba esto…—murmuró más para sí que para su amiga, quien sonrió un poco al oírla, y luego Valeria añadió, al tiempo que dejaba la taza llena en la mesa—: La verdad, estaba cansada de Europa, no es que no me guste vivir allá, pero siempre es lindo regresar a casa, mi tierra… He pasado algunos momentos difíciles y me pareció tiempo de tomar unas vacaciones. Ser consejera no es algo fácil después de todo.

—No lo dudo, amiga— respondió Kimberly—, siempre es difícil mantenerse al margen, y ser sólo una voz guía.

Las dos mujeres guardaron silencio sumidas en sus ideas.

Kimberly tomó un poco de su té y dejó la taza humeante en la mesa. Luego empezó a masajearse la muñeca derecha, como si sintiera dolor en esta. Valeria notó el movimiento, pese a haberla visto hacerlo desde el primer momento en que se conocieron, aún le seguía perturbando un poco. Kimberly aparentaba demasiada fortaleza, como para dejar ver alguna especie de debilidad. Desvió su mirada, para disimular, y viendo el cielo a través del cuadro que dejaba en el techo el jardín, dejó su mente vagar.

Recordaba bastante bien el día en que conoció a Kimberly Lyon.

Valeria venía de uno de sus más memorables viajes al extranjero: el primero que realizó.