La Junta de Montmartre - Sueños (Cap. 2)

Capítulo 2
Sueños

—Rémy…
Un joven de veintiséis años daba vueltas, agitado, mientras dormía. Esa voz que no había oído en años, solo en sueños. La escuchaba… ¿Pero por qué sonaba tan real?

***

Una figura cubierta por una capa gris se deslizaba silenciosamente por la “Periferique Intereur”. Cruzaba intangible los autos que pasaban. La noche la acompañaba, nadie podía verla.

Seraphine tenía muy claro su destino: Charenton en las afueras de París. Muchos años atrás había sido solo un pueblo cercano, pero con el tiempo el crecimiento de la ciudad lo rodeó.

Para ella era imposible olvidar, incluso con el todo el tiempo que estuvo lejos de París, se acercaba a su meta, por la izquierda, el parque recreativo de Charenton. Aquel lugar fue escenario de tantas cosas, recuerdos felices y unos pocos tristes. Los más alegres fueron con él, su amado Rémy, los picnics, las fiestas; todo había sido tan mágico... Lástima que no duró tanto como hubieran deseado.

Finalmente, Seraphine la vio, aquella casa, la “Mansión Encantada” le decían ellos en broma. Su hogar.
Ella se elevó mirando fijamente una ventana en el tercer piso, su habitación por varios años. Atravesó la pared sin hacer el más mínimo sonido. Al fin, luego de cuatro años, pudo ver el rostro que tanto añoraba. Un joven estaba en la cama y aparentemente tenía una pesadilla.

—Rémy —Seraphine se descubrió el rostro y se acercó a él—. ¿Me oyes?
Rémy se agitó un poco más, pero no pudo oírla. Ella se inclinó a su lado y le dio un silencioso beso en los labios que no fue correspondido. Él dejó de moverse y se quedó tranquilo—. La única manera es en tus sueños ¿no? —le preguntó y posó una de sus manos en la frente de él—. Escúchame con tu corazón, Rémy, hablaremos en tus sueños.

Una luz dorada y tenue cubrió a Rémy y Seraphine entró en el sueño de él.
—Lina… —susurró una voz en la oscuridad—. ¿Eres tú? ¿La real?
—Aquí estoy— le respondió ella—. Siempre lo he estado, amor.

La figura de Rémy apareció de la nada al igual que la de ella. El entorno comenzó a aclararse. Parecía ser un campo, o una pradera. Lina estaba vestida con un simple vestido blanco, en vez de su uniforme de guardiana. Los dos se dieron la mano y por un momento les pareció que nunca se habían separado.

—Amor, escúchame con atención… no tenemos mucho tiempo. ¿Recuerdas la misión que tuve, en la que fracasé?
—¿Cómo olvidarla, Lina? Fue la última vez que te vi —una lágrima resbaló por la cara de él. Ella extendió su mano y se la secó suavidad —.Todo fue mi culpa…
—Eso no importa ahora, mi amor— la mirada de ella convenció a Rémy, y ella cambió de tema rápidamente—. Hay que terminar la misión —Lina tomó aire, intentando no recordar el fatídico día que todo salió mal. Luego con un gesto de sus manos su uniforme de guardiana volvió a ser parte de su imagen y prosiguió—. Yo no puedo hacerlo ya. Pronto habrá un nuevo guardián, pero solo será temporal…

—Princesa, yo no encajo en esto. ¿Qué esperas de mí? No quiero involucrarme más, he perdido demasiado. Por mi debilidad, tú…—él no fue capaz de terminar la oración, ella le hizo un gesto para que olvidara lo que había sido.
—Solo te pido que ayudes al que terminará mi tarea. Yo no podré hacer ningún contacto con él o ella. Pero puedo hablar contigo y necesito que lo guíes en mi nombre. No olvides que te hablé mucho acerca de todo esto. Eres el único que puede evitar todo lo que podría suceder sí falla el siguiente guardián. No espero que seas un maestro o un guerrero, solo que seas un apoyo —Seraphine lo miró expectante—. Siempre lo fuiste…

Rémy miró a Lina a los ojos, mientras intentaba tomar una decisión. Ella confiaba en el buen corazón de él y en la fidelidad y el amor que compartían. Estaba segura que tomaría la decisión correcta, él era mucho más fuerte de lo que ella jamás fue. Rémy se agachó frente a ella como lo había hecho 6 años atrás, cuando declaró su amor.
—Guardiana mía… Lo haré, verte de nuevo en mis sueños y ayudarte será la mejor recompensa— guardó silencio por un instante hasta que una duda cruzó su mente—. ¿Cómo sabré quién es el nuevo?
—Yo me encargaré de todo, amor —le respondió ella. Su figura empezaba a difuminarse, al igual que el medio que los rodeaba. El tiempo se acababa, pronto amanecería en Francia y la conversación llegaba a su fin—. Te amo, Rémy… ¡Y gracias, por todo!

Él tomó una flor, la cortó y se la dio a Seraphine. Ella la colocó en sus cabellos, era hora de irse.

Seraphine se desvaneció del sueño de Rémy y este despertó poco después. Las lágrimas corrían por su rostro. El sueño fue demasiado real, él no tenía duda de que había sido real esa vez.


Se incorporó y tomó sus anteojos de la mesa a la par de su cama. Se restregó los ojos y sujetó la foto de Lina cerca de su rostro.
—¡Mi Lina, ángel de vida y amor! Te extraño… —Rémy no pudo suprimir los sollozos y lloró, las lágrimas mojaron el portarretrato.

Seraphine observó todo. Ella tampoco fue capaz de evitar las lágrimas y juntos, aunque él no podía verla, lloraron.


Ella saltó y atravesó la pared, cayó en la calle y ágilmente corrió hacia Montmartre. Las cosas avanzaban bien. Ella solo podía rogar que todo esto funcionara o vendrían días duros para los parisinos y el resto del mundo.

Poco después estaba de vuelta en la casa de Montmartre. La líder de la junta la esperaba en la azotea del edificio, en el mismo lugar donde la había visto por última vez, la noche anterior tras la reunión.
— Y bien… ¿Cómo resultó todo?
—Todo está saliendo perfectamente. Rémy me va a ayudar con el nuevo guardián, además los prospectos acaban de llegar a ParÍs. Pasado mañana vendrán a Montmartre. Si todo sale bien, uno de ellos sentirá el llamado y regresará en la noche —Seraphine buscó en un bolsillo de su capa y sacó una pulsera de plata maciza—. Aquí está la pulsera, la que indicará quién es el guardián. A propósito, debo pedirle un favor…
—Por supuesto, lo que quieras, Lina.
—¿Puede dejar esto frente de Sacré Cœur, cuando el elegido esté allí en la máxima luna? Yo no puedo hacerlo, pero sé que usted lo puede hacer.
—Será un placer —la líder tomó la pulsera y se la colocó en la muñeca.
—¿Acaso el siguiente guardián tendrá afinidad con la luna? —le preguntó Lina, pensando en que la luna llena era en dos días.
—No podría asegurarlo, pero es probable que tengamos al primer guardián de plata en más de 400 años —Seraphine asintió, al oír a su líder—. Es un nuevo día en París, Seraphine. El tiempo no nos esperará. Debes ir a observar a los prospectos. Yo me preparé para cumplir mi parte.
—Estaré cerca de Sacré Cœur, con su permiso —Seraphine hizo una reverencia y saltó de la azotea.

La líder no podía dejar de pensar en ese chico por el que Lina había dado tanto. Ahora todo dependía de que él fuera fuerte. Ella esperaba que el chico por el que había muerto Seraphine, ahora fuera capas de devolver el favor.
—Ahora solo queda esperar… —murmuró la líder, mientras observaba a Seraphine correr hacia la a basílica—. Espero que sepas lo que haces, Lina.

La Junta de Montmartre - Cartas de Despedida (Cap. 1)

Capítulo 1
Cartas de Despedida
 
—“Estimados Pasajeros habla su capitán, hemos despegado exitosamente de San José, Costa Rica, rumbo a Caracas, Venezuela. Se espera un vuelo tranquilo y sin demoras, para arribar al destino en una hora aproximadamente”—. La voz de los altos parlantes paró y la música del avión reanudó.

Una joven morena, que hasta ese momento había estado viendo distraídamente por la ventana, buscó su mochila debajo del asiento delantero y extrajo dos sobres de carta, uno hecho con una hoja de cuaderno y otro con imágenes de las “Princesitas Disney”. La muchacha sonrió y sacó la carta del primero.

“Vale:

¡Buen Viaje!

Mi querida amiga, quiero que sepas que te voy a extrañar mucho estos días. Espero que disfrutes un montón de Europa (no importa con quien vayas, es tu regalo de Quince-años…), es una oportunidad muy grande para desperdiciarla.

Quiero que recuerdes que eres una persona muy especial, y que cuentas conmigo siempre. También que no olvides mi souvenir…

Bueno, no te quito más tiempo, nada más espero que regreses pronto. ¡Disfruta mucho!

T.Q.M.
Silvia”


Valeria sonrió al finalizar de leer e intentó grabar en su mente el comprar el souvenir para Silvia.

A su lado, su madrina y la mejor amiga de esta discutían con una aeromoza para que les trajeran más café. Una taza nunca era suficiente para ellas. Vale puso los ojos en blanco, mientras pensaba que los veintidós días se harían eternos.
Del otro lado del pasillo, una chica un poco menor le sonrió, ella devolvió la sonrisa y le hizo un gesto de auxilio. Pero la joven no le respondió, así que centró su atención en la otra carta. Una aeromoza le hizo señas, para darle el refrigerio, así que Vale bajó la mesa de su asiento, mientras le asistente de vuelo le daba su comida y el famoso café a su madrina, empezó a leerla.

“Para ti Val, con mucho cariño…

Amiga te deseo lo mejor, de lo mejor, en este viaje…
Y a la vez agradecerte por tu comprensión y amistad… Aprecio mucho que seas mi amiga y nunca lo voy a olvidar.
Te valoro mucho y espero que confíes en mí tanto como yo en ti.
Te quiero mucho y lo digo en serio, no suelo decir cosas así. Pero tú eres muy especial para mí, por eso te lo digo.
En fin, pásalo bien en “Europalandia” y graba un video del aterrizaje del avión, porque yo nunca he andado en uno.

Adri.
PD.: Espero que te gusten las princesitas… ¡Y tráeme algo bonito!”

Valeria notó como unas lágrimas bajaban por su mejilla, así que con la manga del suéter las secó. Guardó las cartas y se puso en pie. Pidió permiso a su madrina y a la amiga de ella, doña Isabela, y se fue al baño del avión.
Una vez dentro, puso el seguro de la puerta y se sentó en el inodoro. La chica no resistió y se puso a llorar.

El avión se balanceó por un momento, suavemente y ella sintió como uno de sus lentes de contacto salió de su ojo izquierdo. Lo buscó con la vista por unos momentos, pero se dio cuenta que se había quedado pegado en la blusa. Se levantó y lo recogió del cuello de su blusa, tomó el lente y lo colocó en su ojo nuevamente. El avión volvió a sacudirse, pero esta vez con más intensidad. Valeria oyó como el piloto instaba a todos a colocarse sus cinturones mientras pasaban por la zona de turbulencia y decidió apurarse. Se lavó la cara rápidamente, se miró al espejo y se arregló un poco el cabello para parecer presentable. Salió y se dirigió a su asiento. Sus dos acompañantes estaban pálidas pero no hicieron mayor comentario.

Media hora después, el piloto anunció el descenso a Caracas. Una vez en el aeropuerto se dedicaron a buscar su avión, mientras Valeria no podía dejar en pensar en cuanto odiaba las escalas. Tenían hora y media para encontrar la sala de abordaje o perderían su vuelo.

Se perdieron en el aeropuerto, por cortesía de su madrina, la joven estaba casi perdió la paciencia, cuando al fin lograron dar con su vuelo. Valeria observó asombrada el 747 Jumbo que esperaba tras el ventanal del aeropuerto, nunca había observado un avión tan grande en su vida. Por algo venía de un país pequeño con aviones de acuerdo a su tamaño. Tras hacer la fila y ser vergonzosamente revisada por una soldado venezolana, ella pudo, para su alegría, entrar en la lata voladora. El avión la asustaba un poco, al igual que la posibilidad de quedar nadando el océano Atlántico, pero al ver la tranquilidad de las aeromozas francesas que pasaban por los pasillos caminando, o más bien casi flotando, decidió que era un temor estúpido y que si estaba destinada a morir, ya estaba escrito.

Antes del despegue se dedicó a tomar notas mentales de dos cosas, no viajar nunca más con su madrina y de no volver a ser requisada en Venezuela por culpa de un cinturón con adornos metálicos.
El avión se elevó hasta una hora después de lo esperado y tras eso, Valeria dedicó parte de su atención a cenar y ver una película. También se divirtió observando a su madrina rezar con fervor y desesperación cada vez que experimentaban turbulencia, como un chico brasileño que iba delante de ella, quien se reía sin hacer mucho ruido. Pero finalmente el vuelo se le hizo muy largo y nada en al avión: las películas, la turbulencia y la rezadera; pudo evitar que se durmiera, hecha un ovillo en su asiento de clase económica.
—Mamita, mamita, despiértese. Ya están dando el desayuno —le dijo su madrina, mientras observaba a las aeromozas con sus carritos rebosantes de comida. Ella se despertó con dolor de espalda y cuello.

Valeria tomó su desayuno. Alternativamente intentaba estirarse en su reducido espacio. Parecía que esos asientos estaban diseñados para enanos. Estos vuelos transatlánticos son rudos, pensó. 

Para cuando había terminado su comida, el piloto anunció, en un español con fuerte acento francés, que enseguida aterrizarían en Francia, el aeropuerto Charles de Gaulle. Ella miró su reloj: eran las seis de la mañana hora local, pero en su país natal recién era media noche. Definitivamente el jetlag le iba a afectar pronto.

Al fin podía sentir que su tedioso viaje en verdad iba a empezar. Afortunadamente para Valeria Silva, ese paseo iba a ser de todo menos aburrido.

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