Mostrando entradas con la etiqueta La Junta de Montmartre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Junta de Montmartre. Mostrar todas las entradas

La Junta de Montmartre - La Ciudad de la Luz I (Cap. 3)


Capítulo 3
La Ciudad de la Luz I

Muchas personas  sueñan con ir a Europa: americanos, asiáticos, africanos...  Algunos solo por placer, otros para tener una vida mejor. Todos piensan que es genial, el lugar donde tanta historia ocurrió. Valeria Silva no está muy de acuerdo.

Amigos, conocidos y familiares, le decían que disfrutara el viaje, que aprovechara cada oportunidad. Pero ella no espera encontrar mayor oportunidad al ir ya que sus acompañantes son dos señoras mayores. Una es su madrina, la otra es la mejor amiga de esta. Semejante compañía la hace sentir más enfermera geriátrica que turista. La peor parte es que su madrina, pese a pagarle el regalo por sus quinceaños, la trata como a una niña pequeña. Como cuando intentó obligarla a comer todo el desayuno del avión, pese a ser vegetariana, por que decía que se alimentaba muy mal.

Poco después de su llegada, las tres viajeras fueron llevadas a su hotel en Charenton, unas horas después empezaría el recorrido por París. Valeria llevó las tres maletas a la habitación 205, mientras intentaba enseñarles a su madrina y a doña Isabela a utilizar la llave de la habitación. Era una tarjeta y por tanto ellas no conocían el funcionamiento. Cuando las dos señoras estuvieron seguras de poder abrir la puerta, al fin Valeria pudo descansar,dejando las maletas tiradas en el suelo: las tres en total pesaban sesenta y un kilos. Se tiró en la cama mientras sus compañeras hacían turnos para ir al baño.

El teléfono sonó en el cuarto, así que saltó una de las maletas que bloqueaba el paso, para poder contestar.

—¿Hola? ¿Señora Silva?
Señorita Silva —ella puso los ojos en blanco mientras corregía al hombre que llamó—, pero sí, soy yo. ¿Qué desea?
—Bueno, Señorita, soy el guía de su tour, dentro de media hora nos iremos a conocer la ciudad. El autobús se va dentro de treinta minutos, no lo olvide, las esperamos en el lobby.
—De acuerdo, muchas gracias.

Valeria observó como sus compañeras se cambiaban de ropa para salir y se pregunto si saldrían en ese siglo.

Poco después estaban sentadas en el bus, mientras se dirigían hacia París. Valeria escogió un asiento bien largo del de su madrina, para tener algo de tranquilidad. Sacó su reproductor MP3 y lo encendió, aún podía oír el murmullo del guía que iba comentando importantes datos de París. Se detuvieron brevemente frente al Arco del Triunfo y no pudo resistir la tentación de tomarse unas fotos.

 Le parecía que era una ciudad impresionante, tan diferente, viva y cosmopolita. Definitivamente ya podía concordar con quien le había dicho que París era genial.
Uno de los comentarios del tour le interesaron y le puso pausa a la canción que estaba oyendo.

—... también es conocido como la Ciudad de la Luz, o la Ville Lumière, por su gran fama como una ciudad cosmopolita de artes y de educación desde el medievo, y también por ser una de las primeras ciudades con alumbrado eléctrico público...

Luego Valeria volvió a perder el interés y siguió ocupada con su música y las observaciones. Después de ver los grandes monumentos de París y de admirarlos de cerca, el guía les indicó que iban a detenerse en el barrio bohemio de Montmartre, donde podrían cenar. Ella tomó nota de la hora a la que debían regresar al bus, a las diez treinta p.m. Estaban en un gran boulevard, el Boulevard Rouchechouart. Luego iniciaba una colina, la cual según el operador de tour era el punto más alto de París con 130 metros.
El bus los esperaría allí, cerca de donde se estaban bajando. Ella se fijó en que había una estación de metro, Anvers. Jamás se había montado en el metro, la curiosidad la roía por dentro y Valeria no podía esperar a tener alguna oportunidad de usarlo.

El grupo de turistas latinos cruzó el boulevard y subieron por una calle rumbo hacia el mirador de Montmartre. A ambos lados había gran cantidad de tiendas, vendían todo tipo de souvenirs. Doña Isabela y su madrina se detuvieron varias veces para comprar y también para descansar, ya que la calle era bastante empinada.

Para cuando llegaron a la plaza que estaba justo delante de la basílica, las dos señoras se pusieron pálidas: ante sus ojos había una gran colina con muchas gradas. El guía les indicó que existía un funicular público para subir hasta la cima. Las dos ancianas soltaron un suspiro de alivio. Valeria no pudo reprimir una risita, eso le pasaba por viajar con señoras mayores, aunque la verdad a ella tampoco le apetecía subir las escaleras.

Mamita, subamos por el funicular, estoy cansada. ¿Se encarga de pagar? No entiendo bien esto de los Euros le dijo su madrina.
—Está bien, vamos, yo me encargo le respondió rápidamente mientras buscaba euros para pagar el pasaje.

Las tres estaban sentadas en uno de los funiculares, rodeadas de muchos otros turistas. A cada segundo que pasaba, la vista de París mejoraba. Era una ciudad enorme, en un valle aún más grande y mientras más miraba Valeria, más se maravillaba del paisaje. Millones de edificios, se extendían hasta donde podía ver, algunos rascacielos y otros solamente casas.

Finalmente se detuvieron cerca de la basílica de Sacré Cœur. Una iglesia católica, que le pareció bastante curiosa: tenía un aire bizantino y se veía sumamente distinguida al ser la “corona” de la montaña. El guía reunió al grupo de latinoamericanos por última vez antes de separarse, le dio los últimos datos acerca de Montmartre, y de Sacré Cœur, o Sagrado Corazón, además les mencionó algunos restaurantes reconocidos en el lugar.

Poco después los turistas quedaron solos y el grupo se dispersó para conocer el lugar. Frente a la Iglesia había un mirador, desde donde gente de muchas nacionalidades miraban el paisaje, algunos pintores ofrecían sus obras de arte. Una curiosa música rondaba el ambiente, Valeria miró hacia todas direcciones buscando la fuente del sonido hasta que vio a un hombre sentado en el suelo con un gran tubo de madera. Entonces entendió: era un Diyiridú, un instrumento aborigen australiano. ¿Qué diablos hace un instrumento australiano en París? ¡Qué gente más loca! Solo en Discovery Channel había visto uno de esos, pensó ella.

Su madrina quiso entrar a conocer la basílica y ella se escudó en  que tenía que tomar unas fotos. Después de que asegurara que no le iba a pasar nada mientras ellas no estaban, al fin Valeria pudo estar sola.

Se sentó en una banca y sacó su teléfono celular. Era hora de reconectarse con el mundo y llamar a su casa. Esperaba que alguien le contestara; por suerte, en Costa Rica, su hermana estaba cerca del teléfono y lo tomó de inmediato.

—Aló. ¡Ariana! Soy Vale.
—Hermanita... ¿Cómo estás? ¿Es bonito?
—Todo bien... Ni te imaginas que bonito es, Ari —Valeria asintió, mientras seguía deleitándose con la vista. Vieras que estoy en una montaña, es la más alta de por aquí. Tiene una vista genial de París...
—Me alegro, Vale, que suerte tienes.
—Este, sí...  Ari, por ahí están Mami o Papi.
—No, Valerita, salieron a hacer compras, pero si quieres yo les digo que llamaste y que estás bien...
—Sí, Por favor. Bueno, hermana te dejo, porque esta llamada va a salir bien cara.
—Jeje, cierto. Bueno cuídate, y cualquier cosa, si quieres hablar... ¡Cuenta conmigo! Me muero de ganas de saber todo lo que pasa allá...
—OK ¡Chao, Ariana!

Valeria terminó la llamada y se levantó para tomar unas fotos. Se acercó al mirador y se apoyó en este, la brisa la despeinó. Sentía como que algo la llamaba, pero no sabía qué podía ser. Una mano le tocó el hombro, ella brincó asustada y se dio la vuelta, su madrina estaba detrás muerta de la risa.

¿Estás nerviosa, Valeria? —Doña Isabela seguía riéndose, Valeria encaró a su madrina y le respondió bastante seria.
Casi me da un infarto... Por cierto ¿Dónde vamos a comer? El estómago le  rugió en ese preciso momento, como confirmando lo dicho. Esta vez las tres soltaron la risa.
Bueno, busquemos un lugar...

Se dieron una vuelta por el centro del barrio, vieron muchas tiendas y bares. Compraron algunos recuerdos de París, y doña Isabela compró un cuadro de la Torre Eiffel.

Poco después encontraron un lugar pequeño y un poco apartado de la mayoría de los turistas.  Para cuando salieron de ahí ya empezaba a atardecer, eran cerca de las diez, pronto debían irse. Esta vez su madrina no quería pagar el funicular, así que buscaron otra forma de bajar. Lo hicieron por una acera que corría paralela al funicular, cada escalón que bajaba hacía que Valeria sintiera una desesperación por volver pronto a Montmartre.

El celaje con muchos tonos diferentes de naranjas y rojos fue dando paso a morados y finalmente a la noche. La luna empezaba a mostrarse con todo su esplendor de luna llena, para cuando Valeria ya estaba de vuelta en el autobús  rumbo al hotel en Charenton.

Tenía que regresar, de una manera u otra debía hacerlo, algo la impulsaba. Solo necesitaba un plan para escaparse de su madrina. De repente recordó que su madre le había enviado unas pastillas para dormir, pero nunca las usó en el avión. Una sonrisa maliciosa cruzó su rostro. Valeria Silva iba a portarse mal.

La Junta de Montmartre - Sueños (Cap. 2)

Capítulo 2
Sueños

—Rémy…
Un joven de veintiséis años daba vueltas, agitado, mientras dormía. Esa voz que no había oído en años, solo en sueños. La escuchaba… ¿Pero por qué sonaba tan real?

***

Una figura cubierta por una capa gris se deslizaba silenciosamente por la “Periferique Intereur”. Cruzaba intangible los autos que pasaban. La noche la acompañaba, nadie podía verla.

Seraphine tenía muy claro su destino: Charenton en las afueras de París. Muchos años atrás había sido solo un pueblo cercano, pero con el tiempo el crecimiento de la ciudad lo rodeó.

Para ella era imposible olvidar, incluso con el todo el tiempo que estuvo lejos de París, se acercaba a su meta, por la izquierda, el parque recreativo de Charenton. Aquel lugar fue escenario de tantas cosas, recuerdos felices y unos pocos tristes. Los más alegres fueron con él, su amado Rémy, los picnics, las fiestas; todo había sido tan mágico... Lástima que no duró tanto como hubieran deseado.

Finalmente, Seraphine la vio, aquella casa, la “Mansión Encantada” le decían ellos en broma. Su hogar.
Ella se elevó mirando fijamente una ventana en el tercer piso, su habitación por varios años. Atravesó la pared sin hacer el más mínimo sonido. Al fin, luego de cuatro años, pudo ver el rostro que tanto añoraba. Un joven estaba en la cama y aparentemente tenía una pesadilla.

—Rémy —Seraphine se descubrió el rostro y se acercó a él—. ¿Me oyes?
Rémy se agitó un poco más, pero no pudo oírla. Ella se inclinó a su lado y le dio un silencioso beso en los labios que no fue correspondido. Él dejó de moverse y se quedó tranquilo—. La única manera es en tus sueños ¿no? —le preguntó y posó una de sus manos en la frente de él—. Escúchame con tu corazón, Rémy, hablaremos en tus sueños.

Una luz dorada y tenue cubrió a Rémy y Seraphine entró en el sueño de él.
—Lina… —susurró una voz en la oscuridad—. ¿Eres tú? ¿La real?
—Aquí estoy— le respondió ella—. Siempre lo he estado, amor.

La figura de Rémy apareció de la nada al igual que la de ella. El entorno comenzó a aclararse. Parecía ser un campo, o una pradera. Lina estaba vestida con un simple vestido blanco, en vez de su uniforme de guardiana. Los dos se dieron la mano y por un momento les pareció que nunca se habían separado.

—Amor, escúchame con atención… no tenemos mucho tiempo. ¿Recuerdas la misión que tuve, en la que fracasé?
—¿Cómo olvidarla, Lina? Fue la última vez que te vi —una lágrima resbaló por la cara de él. Ella extendió su mano y se la secó suavidad —.Todo fue mi culpa…
—Eso no importa ahora, mi amor— la mirada de ella convenció a Rémy, y ella cambió de tema rápidamente—. Hay que terminar la misión —Lina tomó aire, intentando no recordar el fatídico día que todo salió mal. Luego con un gesto de sus manos su uniforme de guardiana volvió a ser parte de su imagen y prosiguió—. Yo no puedo hacerlo ya. Pronto habrá un nuevo guardián, pero solo será temporal…

—Princesa, yo no encajo en esto. ¿Qué esperas de mí? No quiero involucrarme más, he perdido demasiado. Por mi debilidad, tú…—él no fue capaz de terminar la oración, ella le hizo un gesto para que olvidara lo que había sido.
—Solo te pido que ayudes al que terminará mi tarea. Yo no podré hacer ningún contacto con él o ella. Pero puedo hablar contigo y necesito que lo guíes en mi nombre. No olvides que te hablé mucho acerca de todo esto. Eres el único que puede evitar todo lo que podría suceder sí falla el siguiente guardián. No espero que seas un maestro o un guerrero, solo que seas un apoyo —Seraphine lo miró expectante—. Siempre lo fuiste…

Rémy miró a Lina a los ojos, mientras intentaba tomar una decisión. Ella confiaba en el buen corazón de él y en la fidelidad y el amor que compartían. Estaba segura que tomaría la decisión correcta, él era mucho más fuerte de lo que ella jamás fue. Rémy se agachó frente a ella como lo había hecho 6 años atrás, cuando declaró su amor.
—Guardiana mía… Lo haré, verte de nuevo en mis sueños y ayudarte será la mejor recompensa— guardó silencio por un instante hasta que una duda cruzó su mente—. ¿Cómo sabré quién es el nuevo?
—Yo me encargaré de todo, amor —le respondió ella. Su figura empezaba a difuminarse, al igual que el medio que los rodeaba. El tiempo se acababa, pronto amanecería en Francia y la conversación llegaba a su fin—. Te amo, Rémy… ¡Y gracias, por todo!

Él tomó una flor, la cortó y se la dio a Seraphine. Ella la colocó en sus cabellos, era hora de irse.

Seraphine se desvaneció del sueño de Rémy y este despertó poco después. Las lágrimas corrían por su rostro. El sueño fue demasiado real, él no tenía duda de que había sido real esa vez.


Se incorporó y tomó sus anteojos de la mesa a la par de su cama. Se restregó los ojos y sujetó la foto de Lina cerca de su rostro.
—¡Mi Lina, ángel de vida y amor! Te extraño… —Rémy no pudo suprimir los sollozos y lloró, las lágrimas mojaron el portarretrato.

Seraphine observó todo. Ella tampoco fue capaz de evitar las lágrimas y juntos, aunque él no podía verla, lloraron.


Ella saltó y atravesó la pared, cayó en la calle y ágilmente corrió hacia Montmartre. Las cosas avanzaban bien. Ella solo podía rogar que todo esto funcionara o vendrían días duros para los parisinos y el resto del mundo.

Poco después estaba de vuelta en la casa de Montmartre. La líder de la junta la esperaba en la azotea del edificio, en el mismo lugar donde la había visto por última vez, la noche anterior tras la reunión.
— Y bien… ¿Cómo resultó todo?
—Todo está saliendo perfectamente. Rémy me va a ayudar con el nuevo guardián, además los prospectos acaban de llegar a ParÍs. Pasado mañana vendrán a Montmartre. Si todo sale bien, uno de ellos sentirá el llamado y regresará en la noche —Seraphine buscó en un bolsillo de su capa y sacó una pulsera de plata maciza—. Aquí está la pulsera, la que indicará quién es el guardián. A propósito, debo pedirle un favor…
—Por supuesto, lo que quieras, Lina.
—¿Puede dejar esto frente de Sacré Cœur, cuando el elegido esté allí en la máxima luna? Yo no puedo hacerlo, pero sé que usted lo puede hacer.
—Será un placer —la líder tomó la pulsera y se la colocó en la muñeca.
—¿Acaso el siguiente guardián tendrá afinidad con la luna? —le preguntó Lina, pensando en que la luna llena era en dos días.
—No podría asegurarlo, pero es probable que tengamos al primer guardián de plata en más de 400 años —Seraphine asintió, al oír a su líder—. Es un nuevo día en París, Seraphine. El tiempo no nos esperará. Debes ir a observar a los prospectos. Yo me preparé para cumplir mi parte.
—Estaré cerca de Sacré Cœur, con su permiso —Seraphine hizo una reverencia y saltó de la azotea.

La líder no podía dejar de pensar en ese chico por el que Lina había dado tanto. Ahora todo dependía de que él fuera fuerte. Ella esperaba que el chico por el que había muerto Seraphine, ahora fuera capas de devolver el favor.
—Ahora solo queda esperar… —murmuró la líder, mientras observaba a Seraphine correr hacia la a basílica—. Espero que sepas lo que haces, Lina.

La Junta de Montmartre - Cartas de Despedida (Cap. 1)

Capítulo 1
Cartas de Despedida
 
—“Estimados Pasajeros habla su capitán, hemos despegado exitosamente de San José, Costa Rica, rumbo a Caracas, Venezuela. Se espera un vuelo tranquilo y sin demoras, para arribar al destino en una hora aproximadamente”—. La voz de los altos parlantes paró y la música del avión reanudó.

Una joven morena, que hasta ese momento había estado viendo distraídamente por la ventana, buscó su mochila debajo del asiento delantero y extrajo dos sobres de carta, uno hecho con una hoja de cuaderno y otro con imágenes de las “Princesitas Disney”. La muchacha sonrió y sacó la carta del primero.

“Vale:

¡Buen Viaje!

Mi querida amiga, quiero que sepas que te voy a extrañar mucho estos días. Espero que disfrutes un montón de Europa (no importa con quien vayas, es tu regalo de Quince-años…), es una oportunidad muy grande para desperdiciarla.

Quiero que recuerdes que eres una persona muy especial, y que cuentas conmigo siempre. También que no olvides mi souvenir…

Bueno, no te quito más tiempo, nada más espero que regreses pronto. ¡Disfruta mucho!

T.Q.M.
Silvia”


Valeria sonrió al finalizar de leer e intentó grabar en su mente el comprar el souvenir para Silvia.

A su lado, su madrina y la mejor amiga de esta discutían con una aeromoza para que les trajeran más café. Una taza nunca era suficiente para ellas. Vale puso los ojos en blanco, mientras pensaba que los veintidós días se harían eternos.
Del otro lado del pasillo, una chica un poco menor le sonrió, ella devolvió la sonrisa y le hizo un gesto de auxilio. Pero la joven no le respondió, así que centró su atención en la otra carta. Una aeromoza le hizo señas, para darle el refrigerio, así que Vale bajó la mesa de su asiento, mientras le asistente de vuelo le daba su comida y el famoso café a su madrina, empezó a leerla.

“Para ti Val, con mucho cariño…

Amiga te deseo lo mejor, de lo mejor, en este viaje…
Y a la vez agradecerte por tu comprensión y amistad… Aprecio mucho que seas mi amiga y nunca lo voy a olvidar.
Te valoro mucho y espero que confíes en mí tanto como yo en ti.
Te quiero mucho y lo digo en serio, no suelo decir cosas así. Pero tú eres muy especial para mí, por eso te lo digo.
En fin, pásalo bien en “Europalandia” y graba un video del aterrizaje del avión, porque yo nunca he andado en uno.

Adri.
PD.: Espero que te gusten las princesitas… ¡Y tráeme algo bonito!”

Valeria notó como unas lágrimas bajaban por su mejilla, así que con la manga del suéter las secó. Guardó las cartas y se puso en pie. Pidió permiso a su madrina y a la amiga de ella, doña Isabela, y se fue al baño del avión.
Una vez dentro, puso el seguro de la puerta y se sentó en el inodoro. La chica no resistió y se puso a llorar.

El avión se balanceó por un momento, suavemente y ella sintió como uno de sus lentes de contacto salió de su ojo izquierdo. Lo buscó con la vista por unos momentos, pero se dio cuenta que se había quedado pegado en la blusa. Se levantó y lo recogió del cuello de su blusa, tomó el lente y lo colocó en su ojo nuevamente. El avión volvió a sacudirse, pero esta vez con más intensidad. Valeria oyó como el piloto instaba a todos a colocarse sus cinturones mientras pasaban por la zona de turbulencia y decidió apurarse. Se lavó la cara rápidamente, se miró al espejo y se arregló un poco el cabello para parecer presentable. Salió y se dirigió a su asiento. Sus dos acompañantes estaban pálidas pero no hicieron mayor comentario.

Media hora después, el piloto anunció el descenso a Caracas. Una vez en el aeropuerto se dedicaron a buscar su avión, mientras Valeria no podía dejar en pensar en cuanto odiaba las escalas. Tenían hora y media para encontrar la sala de abordaje o perderían su vuelo.

Se perdieron en el aeropuerto, por cortesía de su madrina, la joven estaba casi perdió la paciencia, cuando al fin lograron dar con su vuelo. Valeria observó asombrada el 747 Jumbo que esperaba tras el ventanal del aeropuerto, nunca había observado un avión tan grande en su vida. Por algo venía de un país pequeño con aviones de acuerdo a su tamaño. Tras hacer la fila y ser vergonzosamente revisada por una soldado venezolana, ella pudo, para su alegría, entrar en la lata voladora. El avión la asustaba un poco, al igual que la posibilidad de quedar nadando el océano Atlántico, pero al ver la tranquilidad de las aeromozas francesas que pasaban por los pasillos caminando, o más bien casi flotando, decidió que era un temor estúpido y que si estaba destinada a morir, ya estaba escrito.

Antes del despegue se dedicó a tomar notas mentales de dos cosas, no viajar nunca más con su madrina y de no volver a ser requisada en Venezuela por culpa de un cinturón con adornos metálicos.
El avión se elevó hasta una hora después de lo esperado y tras eso, Valeria dedicó parte de su atención a cenar y ver una película. También se divirtió observando a su madrina rezar con fervor y desesperación cada vez que experimentaban turbulencia, como un chico brasileño que iba delante de ella, quien se reía sin hacer mucho ruido. Pero finalmente el vuelo se le hizo muy largo y nada en al avión: las películas, la turbulencia y la rezadera; pudo evitar que se durmiera, hecha un ovillo en su asiento de clase económica.
—Mamita, mamita, despiértese. Ya están dando el desayuno —le dijo su madrina, mientras observaba a las aeromozas con sus carritos rebosantes de comida. Ella se despertó con dolor de espalda y cuello.

Valeria tomó su desayuno. Alternativamente intentaba estirarse en su reducido espacio. Parecía que esos asientos estaban diseñados para enanos. Estos vuelos transatlánticos son rudos, pensó. 

Para cuando había terminado su comida, el piloto anunció, en un español con fuerte acento francés, que enseguida aterrizarían en Francia, el aeropuerto Charles de Gaulle. Ella miró su reloj: eran las seis de la mañana hora local, pero en su país natal recién era media noche. Definitivamente el jetlag le iba a afectar pronto.

Al fin podía sentir que su tedioso viaje en verdad iba a empezar. Afortunadamente para Valeria Silva, ese paseo iba a ser de todo menos aburrido.

Safe Creative #1001225364440

La Junta de Montmartre - Duras Decisiones (Prólogo)

Prólogo
Duras Decisiones


En una oscura habitación en lo alto de Montmartre, unas voces mantenían una discusión. La chimenea se encontraba apagada y las cortinas estaban corridas. Afuera reinaba la característica luz de París. Al menos cinco personas estaban reunidas alrededor de una mesa. En el centro de esta, tres esferas de cristal estaban puestas cuidadosamente.


Una voz de mujer, la líder, se sobrepuso sobre el resto de voces que había en el lugar. Todos los presentes hablaban francés.
—Debemos elegir al guardián de este período. Desafortunadamente las opciones disponibles son pocas. La guardiana pasada— una de las figuras en la habitación bajó la cabeza por un instante, como haciendo una reverencia—. No consiguió cumplir con los deberes asignados. Por lo que hoy nos encontramos en una encrucijada: Por un lado, no hay ningún prospecto que cumpla con todos los requerimientos y, por el otro, no tenemos un maestro para el siguiente guardián, por el motivo que todos en la junta ya conocemos— la líder se detuvo, y todos los miembros guardaron silencio analizando sus palabras. Una de las esferas de cristal, empezó a brillar con una tenue luz azulada, la lider volvió a ver a la esfera—. ¿Sí, Inna?
—Compañeros, lamento la tardanza y no haber podido asistir a la reunión de forma física. Asuntos terrenales, ustedes comprenderán. Ahora, con respecto a los prospectos... ¿Qué tenemos?— la voz que salió de la esfera tenía por dueña a una mujer de unos setenta años, con fuerte acento germano en el francés que utilizaba.


Una de las figuras, que estaba sentada en una silla junto a la mesa, se puso en pie. Dirigió sus pasos hacia la chimenea y extendió sus manos frente a esta. De inmediato unas llamas empezaron a salir de la madera, y en pocos segundos la leña se encontraba completamente encendida. Un humo emanó del fuego, creando tres rostros humanos: una niña de unos cinco años, un chico con una boina con poco más de cuatro inviernos de vida, y otro seis.


— Pero estos no son prospectos. ¡Son unos niñitos, es inaceptable!— dijo una voz masculina muy indignada, que venía de otra esfera, que brillaba con un ligero tono verdoso. Otras voces expresaron su disconformidad, al respecto.
—No podemos dar esa responsabilidad a un niño, independientemente de cual sea elegido por esta junta, yo sé como es. Ellos no van a ser capaces de manejar la presión, responsabilidad y poder que conlleva esta tarea. Yo tuve esa carga a los doce años y fue muy difícil para mí. Ellos no tendrán siquiera un maestro. Jamás podrían realizar la misión de este período y aprender por sí mismos en un mes. Me opongo con todo respeto a esto, aún si no tengo voto en la junta, ruego que tomen en cuenta mi experiencia.
—Estoy de acuerdo con tu punto, Seraphine. Sin embargo, no consigo vislumbrar la luz en todo esto. Si no es uno de ellos, no habrá guardián. Sé que no fue tu culpa no haber terminado tu periodo completo, pero estamos en un gran problema. Los prospectos son muy jóvenes para que efectuen su deber a cabalidad y tú ya no estás en el mundo de los vivos. Me parece que la decisión es obvia— uno de los seres en la habitación terminó de hablar, con su grave voz.


La figura de Seraphine se dio la vuelta y dándole la espalda a los presentes. Ella miraba a las caras en el humo de la chimenea, absorta. No es justo, esa debió de haber sido mi carga, pensó ella. Todos guardaron silencio mientras observaban la figura de ella contra la chimenea.


—Bueno miembros de la Junta de Montmartre, es hora de tomar la decisión
—Hay otra opción... es lo más correcto, pero creo que muchos de ustedes no estarán de acuerdo— la líder se vio interrumpida por la asistente más joven y nueva. El resto de los miembros ahogaron gritos y murmuraron por la insolencia de Seraphine.
—Dila entonces, joven— la única esfera que había estado en silencio, habló. Tenía un leve rastro de acento español.


La figura de la líder asintió y Seraphine continuó.
—La opción que no han contemplado es buscar a un guardián que no sea europeo.
—¡No es posible! Los prospectos deben poseer sangre europea o al menos tener algún antepasado ocho generaciones atrás. Además deben de haber nacido y vivido en Europa!— exclamó Inna, sumamente molesta con esa niña insolente, que se atrevía a no seguir las tradiciones. Por eso estaba muerta, pensó con satisfacción.
—Les dije que no les iba a agradar mi propuesta— les dijo Seraphine impasible —. Sin embargo, la sangre europea aún se debe mantener entre los requisitos, solo que ahora se obviaría la regla que indica que deben vivir y haber nacido en Europa— Seraphine extendió su mano izquierda, con un tintineo de pulseras de oro y plata, hacia el fuego. Con la derecha hizo el ademán de dispersar el humo. Las figuras de los tres niños fueron sustituidas por dos adolescentes. Ella se distanció de la chimenea y encaró a los presentes—. Ellos tienen una edad más razonable para soportar este deber. El mayor inconveniente es que los dos no son muy sensibles a lo extra-terrenal. Pero el resto de requisitos los llenan.
—Seraphine, el chico a duras penas llena el requisito de energía vital y la chica no es ¿Cómo decirlo? Buena para concentrarse— dijo la figura que no había dicho una palabra en toda la sesión.
—Lo sé, Lluc, pero es mejor que enviar a unos niños de kindergarten a defender algo que ni siquiera entenderían— le respondió Seraphine, volvió la mirada alrededor de la mesa—. Miembros del consejo, en ustedes está el poder de tomar la decisión más acertada.


Los presentes guardaron silencio, estudiando las opciones. Seraphine abrió una de las puertas del salón, y subió las escaleras hasta llegar a la azotea del edificio. La vista de París nocturno la cautivó, mientras recibía una fresca brisa.


Se sentó en la orilla del edificio, sus piernas colgaban por un costado de este. Solo esperaba la resolución de la junta, pero mientras lo hacía, fue sacudida por la nostalgia y no pudo evitar decir...
— ¡Como extrañaba este aroma, esta vista, de París, mí París!— Una lágrima resbaló silenciosa por el rostro de Seraphine—. Fue hace cuatro años... ¿Estará él bien...?


Una figura sigilosa se le acerco.
—Hemos tomado una decisión. Lina, tu propuesta fue admitida, aunque solo por un pequeño margen. Tuve que respaldar tu palabra para convencer a los indecisos. Incluso tras haber sido sacada de tu puesto como guardiana, sigues siendo de gran importancia para todos aquí y en la otra ciudad— la líder de la junta interrumpió las cavilaciones de Seraphine, pero a esta no le importó.
—Gracias. Es mi deber, aunque no pueda enseñarle al futuro elegido como proceder con su deber de guardián— dijo Lina, Seraphine no era más que su nombre de guardiana—. Debí haber sido más fuerte...
—Ocurrió lo que debía ocurrir Lina y ya no podemos hacer nada al respecto, sin embargo, elegimos seguir tu consejo, aunque no elegimos al siguiente guardián. Aquel extranjero que demuestre mayor sensibilidad, será el guardián temporal. Pero el guardián del siguiente período sí fue elegido: Pavel, el niño ruso de seis años será el protector número CCCLIX. A tu cargo, Lina, quedará lo referente al guardián temporal, ya que fue tu idea.
—De acuerdo—Lina asintió con decisión, aunque después pareció preocupada—. Pero no tengo un cuerpo físico. ¿Cómo podré ayudar? Los prospectos no podrán verme por su poca sintonía con todo lo que no es de su mundo.
—Me temo que eso quedará a tu criterio.


Seraphine miró a su líder y asintió, luego saltó de la azotea rumbo al mirador de Montmartre, frente a la Basílica de Sacré Cœur. Tenía mucho que hacer y planear antes de que llegaran los prospectos. Y muy poco tiempo para hacerlo.

********************************************

Bueno, este es mi "hijo", La Junta de Montmartre. Es un proyecto en progreso, todo es un engendro de mi imaginación, y mi amiga Esciam se encarga de revisarlo.

Algún día me gustaría verlo publicado, pero bueno, creo que falta rato para llegar a ver algo mío en algún lugar más importante que FictionPress.


La idea surgió de mi viaje a Europa (sí, lo que ocurre cuando te aburres olímpicamente...).

Solo queda por agregar, que esta obra y sus capítulos venideros quedan TODOS registrados a mi nombre en Safe Creative. Así que nada de plagios. 
Safe Creative #1001225364440