La Junta de Montmartre - La Ciudad de la Luz I (Cap. 3)


Capítulo 3
La Ciudad de la Luz I

Muchas personas  sueñan con ir a Europa: americanos, asiáticos, africanos...  Algunos solo por placer, otros para tener una vida mejor. Todos piensan que es genial, el lugar donde tanta historia ocurrió. Valeria Silva no está muy de acuerdo.

Amigos, conocidos y familiares, le decían que disfrutara el viaje, que aprovechara cada oportunidad. Pero ella no espera encontrar mayor oportunidad al ir ya que sus acompañantes son dos señoras mayores. Una es su madrina, la otra es la mejor amiga de esta. Semejante compañía la hace sentir más enfermera geriátrica que turista. La peor parte es que su madrina, pese a pagarle el regalo por sus quinceaños, la trata como a una niña pequeña. Como cuando intentó obligarla a comer todo el desayuno del avión, pese a ser vegetariana, por que decía que se alimentaba muy mal.

Poco después de su llegada, las tres viajeras fueron llevadas a su hotel en Charenton, unas horas después empezaría el recorrido por París. Valeria llevó las tres maletas a la habitación 205, mientras intentaba enseñarles a su madrina y a doña Isabela a utilizar la llave de la habitación. Era una tarjeta y por tanto ellas no conocían el funcionamiento. Cuando las dos señoras estuvieron seguras de poder abrir la puerta, al fin Valeria pudo descansar,dejando las maletas tiradas en el suelo: las tres en total pesaban sesenta y un kilos. Se tiró en la cama mientras sus compañeras hacían turnos para ir al baño.

El teléfono sonó en el cuarto, así que saltó una de las maletas que bloqueaba el paso, para poder contestar.

—¿Hola? ¿Señora Silva?
Señorita Silva —ella puso los ojos en blanco mientras corregía al hombre que llamó—, pero sí, soy yo. ¿Qué desea?
—Bueno, Señorita, soy el guía de su tour, dentro de media hora nos iremos a conocer la ciudad. El autobús se va dentro de treinta minutos, no lo olvide, las esperamos en el lobby.
—De acuerdo, muchas gracias.

Valeria observó como sus compañeras se cambiaban de ropa para salir y se pregunto si saldrían en ese siglo.

Poco después estaban sentadas en el bus, mientras se dirigían hacia París. Valeria escogió un asiento bien largo del de su madrina, para tener algo de tranquilidad. Sacó su reproductor MP3 y lo encendió, aún podía oír el murmullo del guía que iba comentando importantes datos de París. Se detuvieron brevemente frente al Arco del Triunfo y no pudo resistir la tentación de tomarse unas fotos.

 Le parecía que era una ciudad impresionante, tan diferente, viva y cosmopolita. Definitivamente ya podía concordar con quien le había dicho que París era genial.
Uno de los comentarios del tour le interesaron y le puso pausa a la canción que estaba oyendo.

—... también es conocido como la Ciudad de la Luz, o la Ville Lumière, por su gran fama como una ciudad cosmopolita de artes y de educación desde el medievo, y también por ser una de las primeras ciudades con alumbrado eléctrico público...

Luego Valeria volvió a perder el interés y siguió ocupada con su música y las observaciones. Después de ver los grandes monumentos de París y de admirarlos de cerca, el guía les indicó que iban a detenerse en el barrio bohemio de Montmartre, donde podrían cenar. Ella tomó nota de la hora a la que debían regresar al bus, a las diez treinta p.m. Estaban en un gran boulevard, el Boulevard Rouchechouart. Luego iniciaba una colina, la cual según el operador de tour era el punto más alto de París con 130 metros.
El bus los esperaría allí, cerca de donde se estaban bajando. Ella se fijó en que había una estación de metro, Anvers. Jamás se había montado en el metro, la curiosidad la roía por dentro y Valeria no podía esperar a tener alguna oportunidad de usarlo.

El grupo de turistas latinos cruzó el boulevard y subieron por una calle rumbo hacia el mirador de Montmartre. A ambos lados había gran cantidad de tiendas, vendían todo tipo de souvenirs. Doña Isabela y su madrina se detuvieron varias veces para comprar y también para descansar, ya que la calle era bastante empinada.

Para cuando llegaron a la plaza que estaba justo delante de la basílica, las dos señoras se pusieron pálidas: ante sus ojos había una gran colina con muchas gradas. El guía les indicó que existía un funicular público para subir hasta la cima. Las dos ancianas soltaron un suspiro de alivio. Valeria no pudo reprimir una risita, eso le pasaba por viajar con señoras mayores, aunque la verdad a ella tampoco le apetecía subir las escaleras.

Mamita, subamos por el funicular, estoy cansada. ¿Se encarga de pagar? No entiendo bien esto de los Euros le dijo su madrina.
—Está bien, vamos, yo me encargo le respondió rápidamente mientras buscaba euros para pagar el pasaje.

Las tres estaban sentadas en uno de los funiculares, rodeadas de muchos otros turistas. A cada segundo que pasaba, la vista de París mejoraba. Era una ciudad enorme, en un valle aún más grande y mientras más miraba Valeria, más se maravillaba del paisaje. Millones de edificios, se extendían hasta donde podía ver, algunos rascacielos y otros solamente casas.

Finalmente se detuvieron cerca de la basílica de Sacré Cœur. Una iglesia católica, que le pareció bastante curiosa: tenía un aire bizantino y se veía sumamente distinguida al ser la “corona” de la montaña. El guía reunió al grupo de latinoamericanos por última vez antes de separarse, le dio los últimos datos acerca de Montmartre, y de Sacré Cœur, o Sagrado Corazón, además les mencionó algunos restaurantes reconocidos en el lugar.

Poco después los turistas quedaron solos y el grupo se dispersó para conocer el lugar. Frente a la Iglesia había un mirador, desde donde gente de muchas nacionalidades miraban el paisaje, algunos pintores ofrecían sus obras de arte. Una curiosa música rondaba el ambiente, Valeria miró hacia todas direcciones buscando la fuente del sonido hasta que vio a un hombre sentado en el suelo con un gran tubo de madera. Entonces entendió: era un Diyiridú, un instrumento aborigen australiano. ¿Qué diablos hace un instrumento australiano en París? ¡Qué gente más loca! Solo en Discovery Channel había visto uno de esos, pensó ella.

Su madrina quiso entrar a conocer la basílica y ella se escudó en  que tenía que tomar unas fotos. Después de que asegurara que no le iba a pasar nada mientras ellas no estaban, al fin Valeria pudo estar sola.

Se sentó en una banca y sacó su teléfono celular. Era hora de reconectarse con el mundo y llamar a su casa. Esperaba que alguien le contestara; por suerte, en Costa Rica, su hermana estaba cerca del teléfono y lo tomó de inmediato.

—Aló. ¡Ariana! Soy Vale.
—Hermanita... ¿Cómo estás? ¿Es bonito?
—Todo bien... Ni te imaginas que bonito es, Ari —Valeria asintió, mientras seguía deleitándose con la vista. Vieras que estoy en una montaña, es la más alta de por aquí. Tiene una vista genial de París...
—Me alegro, Vale, que suerte tienes.
—Este, sí...  Ari, por ahí están Mami o Papi.
—No, Valerita, salieron a hacer compras, pero si quieres yo les digo que llamaste y que estás bien...
—Sí, Por favor. Bueno, hermana te dejo, porque esta llamada va a salir bien cara.
—Jeje, cierto. Bueno cuídate, y cualquier cosa, si quieres hablar... ¡Cuenta conmigo! Me muero de ganas de saber todo lo que pasa allá...
—OK ¡Chao, Ariana!

Valeria terminó la llamada y se levantó para tomar unas fotos. Se acercó al mirador y se apoyó en este, la brisa la despeinó. Sentía como que algo la llamaba, pero no sabía qué podía ser. Una mano le tocó el hombro, ella brincó asustada y se dio la vuelta, su madrina estaba detrás muerta de la risa.

¿Estás nerviosa, Valeria? —Doña Isabela seguía riéndose, Valeria encaró a su madrina y le respondió bastante seria.
Casi me da un infarto... Por cierto ¿Dónde vamos a comer? El estómago le  rugió en ese preciso momento, como confirmando lo dicho. Esta vez las tres soltaron la risa.
Bueno, busquemos un lugar...

Se dieron una vuelta por el centro del barrio, vieron muchas tiendas y bares. Compraron algunos recuerdos de París, y doña Isabela compró un cuadro de la Torre Eiffel.

Poco después encontraron un lugar pequeño y un poco apartado de la mayoría de los turistas.  Para cuando salieron de ahí ya empezaba a atardecer, eran cerca de las diez, pronto debían irse. Esta vez su madrina no quería pagar el funicular, así que buscaron otra forma de bajar. Lo hicieron por una acera que corría paralela al funicular, cada escalón que bajaba hacía que Valeria sintiera una desesperación por volver pronto a Montmartre.

El celaje con muchos tonos diferentes de naranjas y rojos fue dando paso a morados y finalmente a la noche. La luna empezaba a mostrarse con todo su esplendor de luna llena, para cuando Valeria ya estaba de vuelta en el autobús  rumbo al hotel en Charenton.

Tenía que regresar, de una manera u otra debía hacerlo, algo la impulsaba. Solo necesitaba un plan para escaparse de su madrina. De repente recordó que su madre le había enviado unas pastillas para dormir, pero nunca las usó en el avión. Una sonrisa maliciosa cruzó su rostro. Valeria Silva iba a portarse mal.

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