Vacaciones Parte 2

Lo admito está historia está en hiatus desde hace un buen rato, pero prometo que algún día la terminaré...


Vacaciones
Capítulo 2

Es tan fácil dispersarse aquí… El cielo se ve tan azul… Y claro, como siempre me ha costado distraerme, pensé sarcásticamente, mientras miraba el cielo azul sobre la Casa de Autocontrol.

Cada vez me alejaba más y más del presente y la realidad, hasta que me sentí como de quince años otra vez…

***

Estimados pasajeros: habla su capitán, hemos aterrizado sin contratiempos en nuestro destino, la temperatura exterior es de 24˚ Celsius y son las dos y media de la tarde. Queremos agradecer, de parte de toda la tripulación y la aerolínea, que hayan volado con nosotros, es un placer haberlos tenido a bordo. Por favor esperen a que el avión se haya detenido completamente para desabrochar su cinturón de seguridad y buscar sus cosas en el compartimiento de carga…— la voz del capitán aún resonaba en los oídos de la joven, mientras caminaba en el aeropuerto rumbo a la salida de este.

Estaba feliz de regresar a su casa, el viaje había sido “interesante”, pero ya sentía que era hora de regresar al mundo real. Observaba cada escaparate del “Duty Free” con ojos nuevos. El paseo le había enseñado a valorar los momentos de tranquilidad como ese y de ahora en adelante esperaba tener muchos así. Siguió caminando lentamente hasta la banda sin fin donde iban a dar las maletas. Esperó, tarareando una canción, a que pasara la suya y la de su madrina y las recogió. Ahora sólo faltaba pasar por la ventanilla de entrada al país y estaría lista para ver a su familia que esperaba afuera.

Sin embargo, en las ventanillas reinaba una especie de caos, al parecer hacía sólo dos semanas se había aprobado la nueva ley de control para personas con poderes sobrehumanos, y parte de las nuevas regulaciones era evitar la entrada de más personas con esas características. Observó cómo varios policías revisaban, con alguna especie de artefacto electrónico, a cada persona que entregaba su pasaporte en alguna de las ventanillas. Estaban revisando a un joven, con aspecto de estadounidense, cuando uno de los artefactos empezó a sonar con un estridente tono agudo. Dos policías cerca de ahí tomaron al hombre de los brazos y se lo llevaron a rastras a otra parte del aeropuerto, mientras este gritaba:
Let me go!!! I’m innocent! You can’t do this, I’m an American citizen, you bastards!!!— todas las personas presentes no dejaban de ver la escena con morbo— I have no @/#$&% power, you morons…

La joven también observaba la escena, pero a diferencia de todo el resto de personas, estaba aterrorizada. Distraída cómo era, Valeria ni siquiera se había enterado, antes de partir, que la ley estaba en votaciones en el congreso. Y la verdad tampoco le era relevante a ella en ese momento. Pero en su viaje había hecho un poco más que sólo ser una turista. En la estancia en el viejo continente, había descubierto que la gente con poderes sí existía. Eran mucho más que una leyenda urbana, o un concepto abstracto en las noticias. Durante su corto tiempo allí, también entró en la categoría de sobrehumana, y sí bien ya no tenía los poderes, ella no podía estar segura de que no activaría uno de los sensores de los policías.

Valeria, dio un paso hacia atrás aterrada.
Voy a ir al baño un momento, ya vuelvo…—la joven se dio la vuelta y se dirigió a un baño más atrás.
Pero Vale, ya casi vamos nosotras— dijo la madrina al lugar, donde hacía pocos instantes había estado su ahijada—. Pues, parece que de verdad tenía ganas de ir. Le dije que fuera en el avión, pero nunca me hace caso…

Una mujer alta y con anteojos oscuros, detrás de la señora, salió de la fila también y se dirigió a los baños donde estaba Valeria.

El baño estaba vacío, exceptuando a la adolescente que se miraba en el espejo con aspecto de preocupación. La mujer entró al baño sin hacer el más mínimo ruido y estaba cerca de la puerta justo donde no podía ser vista por Valeria.

¿Estás bien?—Valeria dio un saltito del susto, no había oído nada que la alertara de la presencia de la mujer. Guardó silencio, evaluando con la mirada a su interlocutora, quien sólo se quitó los anteojos oscuros y los colgó en el cuello de su blusa.

No era una adulta, porque parecía bastante joven, aunque era más alta que la mayoría de mujeres de la zona y por eso parecía mucho mayor. Vestía como una asistente ejecutiva, aunque llevaba dos pulseras en el brazo derecho, de plástico que no hacían juego con el resto del atuendo. Además sus ojos revelaban una madurez que pasaba por mucho la suya. Esta doña aparenta más de veinte, pero creo que es pura ilusión, con costos debe tener un año más que yo, pensó Valeria, la pregunta es: ¿Qué putas querrá conmigo?

¿Tienes poderes, verdad?—dijo la otra joven yendo al grano. La menor se atragantó, la otra joven sabía mucho más de lo que parecía.
No… Si… No estoy muy segura, la verdad— dijo Valeria casi susurrando. La otra muchacha se quitó una de las pulseras y se la tiró.
No tienes poderes, aún… Pero creo que igual activarías la alarma. Así que mejor póntela, con eso pasarás desapercibida a los detectores— la adolescente no lo sopesó mucho y se colocó la pulsera. ¡Qué ironía me persiguen las pulseras! Pensó ella con ironía.
Gracias…
De nada, sólo recuerda actuar tranquila cuando llegue tu turno— le dijo mientras se daba la vuelta y tomaba el pomo de la puerta con su mano izquierda.
Mmmm, no me ha dicho ni cómo se llama, que doña más rara…— se dijo Valeria murmurando.

La otra joven se dio la vuelta como si hubiera oído y le dijo:
Por cierto, me llamo Kimberly… — Y salió del baño sin decir más.
La joven se quedó mirando impresionada a la puerta, y tras unos momentos ella salió también.

Pocos minutos después estaba con su madrina en la fila. Al pasar frente a los policías que se habían llevado al norteamericano, se le encogió el estómago, pero ningún sonido los alertó de que ella había pasado. Por un momento creí que esta pulsera no iba a servir de nada y que me iban a descubrir, pensó aliviada Valeria.

Sintió un golpe suave en el hombro, por un momento el miedo le regresó, pero se tranquilizó al ver atrás: Kimberly tenía la mano izquierda extendida hacia ella, con un papel y un lápiz.

¿Me das tu e-mail?— le preguntó con una sonrisa, y por un instante se vio de la edad que en verdad tenía, dieciséis. Valeria dudo un poco, pero al final sonriendo tomó el papel y escribió. Al devolvérselo, la joven lo leyó rápidamente y lo guardó en su bolso.
Gracias, Valeria… Toma, aquí está el mío… —le dio una pequeña tarjeta con unas pequeñas siluetas de gatos negros, y se fue a tomar un taxi.

La tarjeta decía: “Te regalo la pulsera, espero que te sirva mucho. Nos hablamos… Kim” Y abajo estaba escrito su correo en una letra que denotaba, lo rápido que lo había escrito.

Por lo que veo, puedo empezar una colección de tarjetas de personajes extraños, se dijo recordando la tarjeta de cierto francés. Luego caminó rápido para alcanzar a su acompañante.

¿Quién era ella y qué quería, mamita?— le preguntó su madrina al ver que se había quedado atrás.
Una amiga que conocí en el baño… —respondió Valeria. Tal vez las cosas no iban a ser tan tranquilas, cómo había creído, de ahora en adelante… Y en cierta forma se alegró. Ya no voy a tener derecho de decir que estoy aburrida, pensó sonriendo.
Ambas salieron del aeropuerto, y la joven vio a su familia: mamá, papá y hermana de pie junto a una columna esperándola.


***

El tono de llamada de un vidcon me sacó del mundo de mis recuerdos. Pero no era el mío, era imposible utilizar uno en ese lugar o eso creía yo.
Kimberly contestó la llamada y la canción de Coldplay dejó de sonar. Claro quien puede usar un vidcon aquí, si no es Kim, para eso es la Maestra, me dije. En los quince segundos que duró la llamada, vi como la cara de ella pasaba de reflejar una total tranquilidad, al rostro que yo asociaba al de una madre preocupada.
Algo grave tenía que haber pasado.

Ella se levantó de la silla y me dijo:
Alicia, está en el hospital— su rostro ya no expresaba preocupación evidente, los años de práctica en esconder sus emociones seguían dando frutos. Me puse en pie también, yo quería acompañarla. Alicia era la sobrina de Kim, pero la consideraba más como su hija, así que me pareció un buen momento para dar mi apoyo moral—. ¿Debo suponer que vas a ir conmigo no?

Yo asentí.

Así que, sin demoras me tomó de la mano y me sumí en la oscuridad mientras Kimberly nos teletransportaba al hospital.




Vacaciones Parte 1

Historia corta que me ha estado rondando desde las vacaciones pasadas (producto de la ociosidad por estar encerrada en la casa con gripe).

Es algo un poco futurista, con algunos personajes en los que pienso bastante.

Creo que van a ser unas 3 o 4 partes, pero no más, porque aún tengo que terminar "La Junta de Montmartre" y pasar exámenes finales del cole y los de admisión de la U. Así que ni modo se queda cortito.


******

Vacaciones - Parte 1

—Es increíble que hace veinticinco años ni siquiera tuviera idea de que existía gente con poderes… —comentó al aire una mujer morena y de cabello negro, con unos cuarenta años. Estaba de pie frente a un monasterio budista, en apariencia pese a que se localizaba en el otro lado del mundo: en América. Se le conocía como la "Casa de Autocontrol", donde desde hacía casi veinte años se enseñaba a quienes desearan aprender controlar sus poderes y ser mejores personas.

Estaba en uno de los puntos más altos del país, cerca de los cuatro mil de altura sobre el mar. Un lugar casi inaccesible y donde cualquier tecnología usual, como los populares vidcons que remplazaron a los anticuados celulares de la primera década del siglo, no funcionaba. Ese era parte del encanto del lugar: la sensación de aislamiento y seguridad al mismo tiempo lograba sacar lo mejor de los aprendices, con muy pocas excepciones.

—Ha pasado muy rápido el tiempo desde esos días— le dijo una voz femenina a su espalda, la mujer dio un respingo. La otra mujer, de una edad aproximada a la suya, se había acercado sigilosamente—. Me parece que fue ayer cuando tuve a mi hija, y mírala ahora: toda una mujer y dando lecciones a los novatos.

—¡Kim, vaya susto me has dado! Siempre tan sigilosa amiga…— Le dijo mientras la saludaba con un abrazo— Es bueno verte. Te ves genial, como siempre…

—Tú también te ves muy bien, Vale. Veo que la vida en París te ha sentado muy bien… Vamos adentro, te invito a un té o algo… —le dijo Kimberly mientras señalaba al edificio que ambas observaban. Nada se le escapa a Kim, pensó Valeria, ya sabe que quiero hablar de algo… Así que sólo asintió en silencio y siguió a su amiga al templo.

Mientras caminaban a través del jardín que rodeaba el templo, muchos aprendices detenían sus variadas prácticas, para saludar a Kimberly con deferencia. Era más que obvio que ella era la líder del lugar. Su figura resultaba impotente, alta, morena aunque no tanto como Valeria, un año más de vida y su gran seguridad, la convertían en alguien a quien era fácil admirar. Además estaba su reputación de heroína intachable, aunque pocos alumnos de verdad eran conscientes de quien era su maestra realmente: una gran heroína, que en el pasado había estado dispuesta a dar su vida por defender a millones de inocentes, que era justo como la recordaba Valeria. Reconoció a una de las instructoras, Jamie Ann el vivo retrato de Kimberly a los dieciséis, y se sorprendió de lo rápido que había crecido la hija de su amiga.

Ingresaron al edificio, todo seguía tal y como lo recordaba: salones, aulas, dormitorios y cocinas. Incluso el mismo ligero olor a incienso, y ese tono amarillo claro en las paredes, la diferencia eran los rostros. Casi no reconocía ninguno fuera del de su vieja amiga y su hija. Tras pasar por dos tazas con té a la cocina, las dos mujeres se dirigieron al jardín interno del templo. La temperatura era mucho más confortable, así que habían más flores y plantas ornamentales que afuera del edificio. Una vez allí, Kimberly teletransportó dos sillas y una pequeña mesa, sin siquiera pestañear, para ambas.

—Val, disculpa mi franqueza… ¿Por qué estás aquí?— le preguntó mientras se acomodaba en su silla.

—Ya extrañaba esto…—murmuró más para sí que para su amiga, quien sonrió un poco al oírla, y luego Valeria añadió, al tiempo que dejaba la taza llena en la mesa—: La verdad, estaba cansada de Europa, no es que no me guste vivir allá, pero siempre es lindo regresar a casa, mi tierra… He pasado algunos momentos difíciles y me pareció tiempo de tomar unas vacaciones. Ser consejera no es algo fácil después de todo.

—No lo dudo, amiga— respondió Kimberly—, siempre es difícil mantenerse al margen, y ser sólo una voz guía.

Las dos mujeres guardaron silencio sumidas en sus ideas.

Kimberly tomó un poco de su té y dejó la taza humeante en la mesa. Luego empezó a masajearse la muñeca derecha, como si sintiera dolor en esta. Valeria notó el movimiento, pese a haberla visto hacerlo desde el primer momento en que se conocieron, aún le seguía perturbando un poco. Kimberly aparentaba demasiada fortaleza, como para dejar ver alguna especie de debilidad. Desvió su mirada, para disimular, y viendo el cielo a través del cuadro que dejaba en el techo el jardín, dejó su mente vagar.

Recordaba bastante bien el día en que conoció a Kimberly Lyon.

Valeria venía de uno de sus más memorables viajes al extranjero: el primero que realizó.

La Junta de Montmartre - La Ciudad de la Luz I (Cap. 3)


Capítulo 3
La Ciudad de la Luz I

Muchas personas  sueñan con ir a Europa: americanos, asiáticos, africanos...  Algunos solo por placer, otros para tener una vida mejor. Todos piensan que es genial, el lugar donde tanta historia ocurrió. Valeria Silva no está muy de acuerdo.

Amigos, conocidos y familiares, le decían que disfrutara el viaje, que aprovechara cada oportunidad. Pero ella no espera encontrar mayor oportunidad al ir ya que sus acompañantes son dos señoras mayores. Una es su madrina, la otra es la mejor amiga de esta. Semejante compañía la hace sentir más enfermera geriátrica que turista. La peor parte es que su madrina, pese a pagarle el regalo por sus quinceaños, la trata como a una niña pequeña. Como cuando intentó obligarla a comer todo el desayuno del avión, pese a ser vegetariana, por que decía que se alimentaba muy mal.

Poco después de su llegada, las tres viajeras fueron llevadas a su hotel en Charenton, unas horas después empezaría el recorrido por París. Valeria llevó las tres maletas a la habitación 205, mientras intentaba enseñarles a su madrina y a doña Isabela a utilizar la llave de la habitación. Era una tarjeta y por tanto ellas no conocían el funcionamiento. Cuando las dos señoras estuvieron seguras de poder abrir la puerta, al fin Valeria pudo descansar,dejando las maletas tiradas en el suelo: las tres en total pesaban sesenta y un kilos. Se tiró en la cama mientras sus compañeras hacían turnos para ir al baño.

El teléfono sonó en el cuarto, así que saltó una de las maletas que bloqueaba el paso, para poder contestar.

—¿Hola? ¿Señora Silva?
Señorita Silva —ella puso los ojos en blanco mientras corregía al hombre que llamó—, pero sí, soy yo. ¿Qué desea?
—Bueno, Señorita, soy el guía de su tour, dentro de media hora nos iremos a conocer la ciudad. El autobús se va dentro de treinta minutos, no lo olvide, las esperamos en el lobby.
—De acuerdo, muchas gracias.

Valeria observó como sus compañeras se cambiaban de ropa para salir y se pregunto si saldrían en ese siglo.

Poco después estaban sentadas en el bus, mientras se dirigían hacia París. Valeria escogió un asiento bien largo del de su madrina, para tener algo de tranquilidad. Sacó su reproductor MP3 y lo encendió, aún podía oír el murmullo del guía que iba comentando importantes datos de París. Se detuvieron brevemente frente al Arco del Triunfo y no pudo resistir la tentación de tomarse unas fotos.

 Le parecía que era una ciudad impresionante, tan diferente, viva y cosmopolita. Definitivamente ya podía concordar con quien le había dicho que París era genial.
Uno de los comentarios del tour le interesaron y le puso pausa a la canción que estaba oyendo.

—... también es conocido como la Ciudad de la Luz, o la Ville Lumière, por su gran fama como una ciudad cosmopolita de artes y de educación desde el medievo, y también por ser una de las primeras ciudades con alumbrado eléctrico público...

Luego Valeria volvió a perder el interés y siguió ocupada con su música y las observaciones. Después de ver los grandes monumentos de París y de admirarlos de cerca, el guía les indicó que iban a detenerse en el barrio bohemio de Montmartre, donde podrían cenar. Ella tomó nota de la hora a la que debían regresar al bus, a las diez treinta p.m. Estaban en un gran boulevard, el Boulevard Rouchechouart. Luego iniciaba una colina, la cual según el operador de tour era el punto más alto de París con 130 metros.
El bus los esperaría allí, cerca de donde se estaban bajando. Ella se fijó en que había una estación de metro, Anvers. Jamás se había montado en el metro, la curiosidad la roía por dentro y Valeria no podía esperar a tener alguna oportunidad de usarlo.

El grupo de turistas latinos cruzó el boulevard y subieron por una calle rumbo hacia el mirador de Montmartre. A ambos lados había gran cantidad de tiendas, vendían todo tipo de souvenirs. Doña Isabela y su madrina se detuvieron varias veces para comprar y también para descansar, ya que la calle era bastante empinada.

Para cuando llegaron a la plaza que estaba justo delante de la basílica, las dos señoras se pusieron pálidas: ante sus ojos había una gran colina con muchas gradas. El guía les indicó que existía un funicular público para subir hasta la cima. Las dos ancianas soltaron un suspiro de alivio. Valeria no pudo reprimir una risita, eso le pasaba por viajar con señoras mayores, aunque la verdad a ella tampoco le apetecía subir las escaleras.

Mamita, subamos por el funicular, estoy cansada. ¿Se encarga de pagar? No entiendo bien esto de los Euros le dijo su madrina.
—Está bien, vamos, yo me encargo le respondió rápidamente mientras buscaba euros para pagar el pasaje.

Las tres estaban sentadas en uno de los funiculares, rodeadas de muchos otros turistas. A cada segundo que pasaba, la vista de París mejoraba. Era una ciudad enorme, en un valle aún más grande y mientras más miraba Valeria, más se maravillaba del paisaje. Millones de edificios, se extendían hasta donde podía ver, algunos rascacielos y otros solamente casas.

Finalmente se detuvieron cerca de la basílica de Sacré Cœur. Una iglesia católica, que le pareció bastante curiosa: tenía un aire bizantino y se veía sumamente distinguida al ser la “corona” de la montaña. El guía reunió al grupo de latinoamericanos por última vez antes de separarse, le dio los últimos datos acerca de Montmartre, y de Sacré Cœur, o Sagrado Corazón, además les mencionó algunos restaurantes reconocidos en el lugar.

Poco después los turistas quedaron solos y el grupo se dispersó para conocer el lugar. Frente a la Iglesia había un mirador, desde donde gente de muchas nacionalidades miraban el paisaje, algunos pintores ofrecían sus obras de arte. Una curiosa música rondaba el ambiente, Valeria miró hacia todas direcciones buscando la fuente del sonido hasta que vio a un hombre sentado en el suelo con un gran tubo de madera. Entonces entendió: era un Diyiridú, un instrumento aborigen australiano. ¿Qué diablos hace un instrumento australiano en París? ¡Qué gente más loca! Solo en Discovery Channel había visto uno de esos, pensó ella.

Su madrina quiso entrar a conocer la basílica y ella se escudó en  que tenía que tomar unas fotos. Después de que asegurara que no le iba a pasar nada mientras ellas no estaban, al fin Valeria pudo estar sola.

Se sentó en una banca y sacó su teléfono celular. Era hora de reconectarse con el mundo y llamar a su casa. Esperaba que alguien le contestara; por suerte, en Costa Rica, su hermana estaba cerca del teléfono y lo tomó de inmediato.

—Aló. ¡Ariana! Soy Vale.
—Hermanita... ¿Cómo estás? ¿Es bonito?
—Todo bien... Ni te imaginas que bonito es, Ari —Valeria asintió, mientras seguía deleitándose con la vista. Vieras que estoy en una montaña, es la más alta de por aquí. Tiene una vista genial de París...
—Me alegro, Vale, que suerte tienes.
—Este, sí...  Ari, por ahí están Mami o Papi.
—No, Valerita, salieron a hacer compras, pero si quieres yo les digo que llamaste y que estás bien...
—Sí, Por favor. Bueno, hermana te dejo, porque esta llamada va a salir bien cara.
—Jeje, cierto. Bueno cuídate, y cualquier cosa, si quieres hablar... ¡Cuenta conmigo! Me muero de ganas de saber todo lo que pasa allá...
—OK ¡Chao, Ariana!

Valeria terminó la llamada y se levantó para tomar unas fotos. Se acercó al mirador y se apoyó en este, la brisa la despeinó. Sentía como que algo la llamaba, pero no sabía qué podía ser. Una mano le tocó el hombro, ella brincó asustada y se dio la vuelta, su madrina estaba detrás muerta de la risa.

¿Estás nerviosa, Valeria? —Doña Isabela seguía riéndose, Valeria encaró a su madrina y le respondió bastante seria.
Casi me da un infarto... Por cierto ¿Dónde vamos a comer? El estómago le  rugió en ese preciso momento, como confirmando lo dicho. Esta vez las tres soltaron la risa.
Bueno, busquemos un lugar...

Se dieron una vuelta por el centro del barrio, vieron muchas tiendas y bares. Compraron algunos recuerdos de París, y doña Isabela compró un cuadro de la Torre Eiffel.

Poco después encontraron un lugar pequeño y un poco apartado de la mayoría de los turistas.  Para cuando salieron de ahí ya empezaba a atardecer, eran cerca de las diez, pronto debían irse. Esta vez su madrina no quería pagar el funicular, así que buscaron otra forma de bajar. Lo hicieron por una acera que corría paralela al funicular, cada escalón que bajaba hacía que Valeria sintiera una desesperación por volver pronto a Montmartre.

El celaje con muchos tonos diferentes de naranjas y rojos fue dando paso a morados y finalmente a la noche. La luna empezaba a mostrarse con todo su esplendor de luna llena, para cuando Valeria ya estaba de vuelta en el autobús  rumbo al hotel en Charenton.

Tenía que regresar, de una manera u otra debía hacerlo, algo la impulsaba. Solo necesitaba un plan para escaparse de su madrina. De repente recordó que su madre le había enviado unas pastillas para dormir, pero nunca las usó en el avión. Una sonrisa maliciosa cruzó su rostro. Valeria Silva iba a portarse mal.

La Junta de Montmartre - Sueños (Cap. 2)

Capítulo 2
Sueños

—Rémy…
Un joven de veintiséis años daba vueltas, agitado, mientras dormía. Esa voz que no había oído en años, solo en sueños. La escuchaba… ¿Pero por qué sonaba tan real?

***

Una figura cubierta por una capa gris se deslizaba silenciosamente por la “Periferique Intereur”. Cruzaba intangible los autos que pasaban. La noche la acompañaba, nadie podía verla.

Seraphine tenía muy claro su destino: Charenton en las afueras de París. Muchos años atrás había sido solo un pueblo cercano, pero con el tiempo el crecimiento de la ciudad lo rodeó.

Para ella era imposible olvidar, incluso con el todo el tiempo que estuvo lejos de París, se acercaba a su meta, por la izquierda, el parque recreativo de Charenton. Aquel lugar fue escenario de tantas cosas, recuerdos felices y unos pocos tristes. Los más alegres fueron con él, su amado Rémy, los picnics, las fiestas; todo había sido tan mágico... Lástima que no duró tanto como hubieran deseado.

Finalmente, Seraphine la vio, aquella casa, la “Mansión Encantada” le decían ellos en broma. Su hogar.
Ella se elevó mirando fijamente una ventana en el tercer piso, su habitación por varios años. Atravesó la pared sin hacer el más mínimo sonido. Al fin, luego de cuatro años, pudo ver el rostro que tanto añoraba. Un joven estaba en la cama y aparentemente tenía una pesadilla.

—Rémy —Seraphine se descubrió el rostro y se acercó a él—. ¿Me oyes?
Rémy se agitó un poco más, pero no pudo oírla. Ella se inclinó a su lado y le dio un silencioso beso en los labios que no fue correspondido. Él dejó de moverse y se quedó tranquilo—. La única manera es en tus sueños ¿no? —le preguntó y posó una de sus manos en la frente de él—. Escúchame con tu corazón, Rémy, hablaremos en tus sueños.

Una luz dorada y tenue cubrió a Rémy y Seraphine entró en el sueño de él.
—Lina… —susurró una voz en la oscuridad—. ¿Eres tú? ¿La real?
—Aquí estoy— le respondió ella—. Siempre lo he estado, amor.

La figura de Rémy apareció de la nada al igual que la de ella. El entorno comenzó a aclararse. Parecía ser un campo, o una pradera. Lina estaba vestida con un simple vestido blanco, en vez de su uniforme de guardiana. Los dos se dieron la mano y por un momento les pareció que nunca se habían separado.

—Amor, escúchame con atención… no tenemos mucho tiempo. ¿Recuerdas la misión que tuve, en la que fracasé?
—¿Cómo olvidarla, Lina? Fue la última vez que te vi —una lágrima resbaló por la cara de él. Ella extendió su mano y se la secó suavidad —.Todo fue mi culpa…
—Eso no importa ahora, mi amor— la mirada de ella convenció a Rémy, y ella cambió de tema rápidamente—. Hay que terminar la misión —Lina tomó aire, intentando no recordar el fatídico día que todo salió mal. Luego con un gesto de sus manos su uniforme de guardiana volvió a ser parte de su imagen y prosiguió—. Yo no puedo hacerlo ya. Pronto habrá un nuevo guardián, pero solo será temporal…

—Princesa, yo no encajo en esto. ¿Qué esperas de mí? No quiero involucrarme más, he perdido demasiado. Por mi debilidad, tú…—él no fue capaz de terminar la oración, ella le hizo un gesto para que olvidara lo que había sido.
—Solo te pido que ayudes al que terminará mi tarea. Yo no podré hacer ningún contacto con él o ella. Pero puedo hablar contigo y necesito que lo guíes en mi nombre. No olvides que te hablé mucho acerca de todo esto. Eres el único que puede evitar todo lo que podría suceder sí falla el siguiente guardián. No espero que seas un maestro o un guerrero, solo que seas un apoyo —Seraphine lo miró expectante—. Siempre lo fuiste…

Rémy miró a Lina a los ojos, mientras intentaba tomar una decisión. Ella confiaba en el buen corazón de él y en la fidelidad y el amor que compartían. Estaba segura que tomaría la decisión correcta, él era mucho más fuerte de lo que ella jamás fue. Rémy se agachó frente a ella como lo había hecho 6 años atrás, cuando declaró su amor.
—Guardiana mía… Lo haré, verte de nuevo en mis sueños y ayudarte será la mejor recompensa— guardó silencio por un instante hasta que una duda cruzó su mente—. ¿Cómo sabré quién es el nuevo?
—Yo me encargaré de todo, amor —le respondió ella. Su figura empezaba a difuminarse, al igual que el medio que los rodeaba. El tiempo se acababa, pronto amanecería en Francia y la conversación llegaba a su fin—. Te amo, Rémy… ¡Y gracias, por todo!

Él tomó una flor, la cortó y se la dio a Seraphine. Ella la colocó en sus cabellos, era hora de irse.

Seraphine se desvaneció del sueño de Rémy y este despertó poco después. Las lágrimas corrían por su rostro. El sueño fue demasiado real, él no tenía duda de que había sido real esa vez.


Se incorporó y tomó sus anteojos de la mesa a la par de su cama. Se restregó los ojos y sujetó la foto de Lina cerca de su rostro.
—¡Mi Lina, ángel de vida y amor! Te extraño… —Rémy no pudo suprimir los sollozos y lloró, las lágrimas mojaron el portarretrato.

Seraphine observó todo. Ella tampoco fue capaz de evitar las lágrimas y juntos, aunque él no podía verla, lloraron.


Ella saltó y atravesó la pared, cayó en la calle y ágilmente corrió hacia Montmartre. Las cosas avanzaban bien. Ella solo podía rogar que todo esto funcionara o vendrían días duros para los parisinos y el resto del mundo.

Poco después estaba de vuelta en la casa de Montmartre. La líder de la junta la esperaba en la azotea del edificio, en el mismo lugar donde la había visto por última vez, la noche anterior tras la reunión.
— Y bien… ¿Cómo resultó todo?
—Todo está saliendo perfectamente. Rémy me va a ayudar con el nuevo guardián, además los prospectos acaban de llegar a ParÍs. Pasado mañana vendrán a Montmartre. Si todo sale bien, uno de ellos sentirá el llamado y regresará en la noche —Seraphine buscó en un bolsillo de su capa y sacó una pulsera de plata maciza—. Aquí está la pulsera, la que indicará quién es el guardián. A propósito, debo pedirle un favor…
—Por supuesto, lo que quieras, Lina.
—¿Puede dejar esto frente de Sacré Cœur, cuando el elegido esté allí en la máxima luna? Yo no puedo hacerlo, pero sé que usted lo puede hacer.
—Será un placer —la líder tomó la pulsera y se la colocó en la muñeca.
—¿Acaso el siguiente guardián tendrá afinidad con la luna? —le preguntó Lina, pensando en que la luna llena era en dos días.
—No podría asegurarlo, pero es probable que tengamos al primer guardián de plata en más de 400 años —Seraphine asintió, al oír a su líder—. Es un nuevo día en París, Seraphine. El tiempo no nos esperará. Debes ir a observar a los prospectos. Yo me preparé para cumplir mi parte.
—Estaré cerca de Sacré Cœur, con su permiso —Seraphine hizo una reverencia y saltó de la azotea.

La líder no podía dejar de pensar en ese chico por el que Lina había dado tanto. Ahora todo dependía de que él fuera fuerte. Ella esperaba que el chico por el que había muerto Seraphine, ahora fuera capas de devolver el favor.
—Ahora solo queda esperar… —murmuró la líder, mientras observaba a Seraphine correr hacia la a basílica—. Espero que sepas lo que haces, Lina.

La Junta de Montmartre - Cartas de Despedida (Cap. 1)

Capítulo 1
Cartas de Despedida
 
—“Estimados Pasajeros habla su capitán, hemos despegado exitosamente de San José, Costa Rica, rumbo a Caracas, Venezuela. Se espera un vuelo tranquilo y sin demoras, para arribar al destino en una hora aproximadamente”—. La voz de los altos parlantes paró y la música del avión reanudó.

Una joven morena, que hasta ese momento había estado viendo distraídamente por la ventana, buscó su mochila debajo del asiento delantero y extrajo dos sobres de carta, uno hecho con una hoja de cuaderno y otro con imágenes de las “Princesitas Disney”. La muchacha sonrió y sacó la carta del primero.

“Vale:

¡Buen Viaje!

Mi querida amiga, quiero que sepas que te voy a extrañar mucho estos días. Espero que disfrutes un montón de Europa (no importa con quien vayas, es tu regalo de Quince-años…), es una oportunidad muy grande para desperdiciarla.

Quiero que recuerdes que eres una persona muy especial, y que cuentas conmigo siempre. También que no olvides mi souvenir…

Bueno, no te quito más tiempo, nada más espero que regreses pronto. ¡Disfruta mucho!

T.Q.M.
Silvia”


Valeria sonrió al finalizar de leer e intentó grabar en su mente el comprar el souvenir para Silvia.

A su lado, su madrina y la mejor amiga de esta discutían con una aeromoza para que les trajeran más café. Una taza nunca era suficiente para ellas. Vale puso los ojos en blanco, mientras pensaba que los veintidós días se harían eternos.
Del otro lado del pasillo, una chica un poco menor le sonrió, ella devolvió la sonrisa y le hizo un gesto de auxilio. Pero la joven no le respondió, así que centró su atención en la otra carta. Una aeromoza le hizo señas, para darle el refrigerio, así que Vale bajó la mesa de su asiento, mientras le asistente de vuelo le daba su comida y el famoso café a su madrina, empezó a leerla.

“Para ti Val, con mucho cariño…

Amiga te deseo lo mejor, de lo mejor, en este viaje…
Y a la vez agradecerte por tu comprensión y amistad… Aprecio mucho que seas mi amiga y nunca lo voy a olvidar.
Te valoro mucho y espero que confíes en mí tanto como yo en ti.
Te quiero mucho y lo digo en serio, no suelo decir cosas así. Pero tú eres muy especial para mí, por eso te lo digo.
En fin, pásalo bien en “Europalandia” y graba un video del aterrizaje del avión, porque yo nunca he andado en uno.

Adri.
PD.: Espero que te gusten las princesitas… ¡Y tráeme algo bonito!”

Valeria notó como unas lágrimas bajaban por su mejilla, así que con la manga del suéter las secó. Guardó las cartas y se puso en pie. Pidió permiso a su madrina y a la amiga de ella, doña Isabela, y se fue al baño del avión.
Una vez dentro, puso el seguro de la puerta y se sentó en el inodoro. La chica no resistió y se puso a llorar.

El avión se balanceó por un momento, suavemente y ella sintió como uno de sus lentes de contacto salió de su ojo izquierdo. Lo buscó con la vista por unos momentos, pero se dio cuenta que se había quedado pegado en la blusa. Se levantó y lo recogió del cuello de su blusa, tomó el lente y lo colocó en su ojo nuevamente. El avión volvió a sacudirse, pero esta vez con más intensidad. Valeria oyó como el piloto instaba a todos a colocarse sus cinturones mientras pasaban por la zona de turbulencia y decidió apurarse. Se lavó la cara rápidamente, se miró al espejo y se arregló un poco el cabello para parecer presentable. Salió y se dirigió a su asiento. Sus dos acompañantes estaban pálidas pero no hicieron mayor comentario.

Media hora después, el piloto anunció el descenso a Caracas. Una vez en el aeropuerto se dedicaron a buscar su avión, mientras Valeria no podía dejar en pensar en cuanto odiaba las escalas. Tenían hora y media para encontrar la sala de abordaje o perderían su vuelo.

Se perdieron en el aeropuerto, por cortesía de su madrina, la joven estaba casi perdió la paciencia, cuando al fin lograron dar con su vuelo. Valeria observó asombrada el 747 Jumbo que esperaba tras el ventanal del aeropuerto, nunca había observado un avión tan grande en su vida. Por algo venía de un país pequeño con aviones de acuerdo a su tamaño. Tras hacer la fila y ser vergonzosamente revisada por una soldado venezolana, ella pudo, para su alegría, entrar en la lata voladora. El avión la asustaba un poco, al igual que la posibilidad de quedar nadando el océano Atlántico, pero al ver la tranquilidad de las aeromozas francesas que pasaban por los pasillos caminando, o más bien casi flotando, decidió que era un temor estúpido y que si estaba destinada a morir, ya estaba escrito.

Antes del despegue se dedicó a tomar notas mentales de dos cosas, no viajar nunca más con su madrina y de no volver a ser requisada en Venezuela por culpa de un cinturón con adornos metálicos.
El avión se elevó hasta una hora después de lo esperado y tras eso, Valeria dedicó parte de su atención a cenar y ver una película. También se divirtió observando a su madrina rezar con fervor y desesperación cada vez que experimentaban turbulencia, como un chico brasileño que iba delante de ella, quien se reía sin hacer mucho ruido. Pero finalmente el vuelo se le hizo muy largo y nada en al avión: las películas, la turbulencia y la rezadera; pudo evitar que se durmiera, hecha un ovillo en su asiento de clase económica.
—Mamita, mamita, despiértese. Ya están dando el desayuno —le dijo su madrina, mientras observaba a las aeromozas con sus carritos rebosantes de comida. Ella se despertó con dolor de espalda y cuello.

Valeria tomó su desayuno. Alternativamente intentaba estirarse en su reducido espacio. Parecía que esos asientos estaban diseñados para enanos. Estos vuelos transatlánticos son rudos, pensó. 

Para cuando había terminado su comida, el piloto anunció, en un español con fuerte acento francés, que enseguida aterrizarían en Francia, el aeropuerto Charles de Gaulle. Ella miró su reloj: eran las seis de la mañana hora local, pero en su país natal recién era media noche. Definitivamente el jetlag le iba a afectar pronto.

Al fin podía sentir que su tedioso viaje en verdad iba a empezar. Afortunadamente para Valeria Silva, ese paseo iba a ser de todo menos aburrido.

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La Junta de Montmartre - Duras Decisiones (Prólogo)

Prólogo
Duras Decisiones


En una oscura habitación en lo alto de Montmartre, unas voces mantenían una discusión. La chimenea se encontraba apagada y las cortinas estaban corridas. Afuera reinaba la característica luz de París. Al menos cinco personas estaban reunidas alrededor de una mesa. En el centro de esta, tres esferas de cristal estaban puestas cuidadosamente.


Una voz de mujer, la líder, se sobrepuso sobre el resto de voces que había en el lugar. Todos los presentes hablaban francés.
—Debemos elegir al guardián de este período. Desafortunadamente las opciones disponibles son pocas. La guardiana pasada— una de las figuras en la habitación bajó la cabeza por un instante, como haciendo una reverencia—. No consiguió cumplir con los deberes asignados. Por lo que hoy nos encontramos en una encrucijada: Por un lado, no hay ningún prospecto que cumpla con todos los requerimientos y, por el otro, no tenemos un maestro para el siguiente guardián, por el motivo que todos en la junta ya conocemos— la líder se detuvo, y todos los miembros guardaron silencio analizando sus palabras. Una de las esferas de cristal, empezó a brillar con una tenue luz azulada, la lider volvió a ver a la esfera—. ¿Sí, Inna?
—Compañeros, lamento la tardanza y no haber podido asistir a la reunión de forma física. Asuntos terrenales, ustedes comprenderán. Ahora, con respecto a los prospectos... ¿Qué tenemos?— la voz que salió de la esfera tenía por dueña a una mujer de unos setenta años, con fuerte acento germano en el francés que utilizaba.


Una de las figuras, que estaba sentada en una silla junto a la mesa, se puso en pie. Dirigió sus pasos hacia la chimenea y extendió sus manos frente a esta. De inmediato unas llamas empezaron a salir de la madera, y en pocos segundos la leña se encontraba completamente encendida. Un humo emanó del fuego, creando tres rostros humanos: una niña de unos cinco años, un chico con una boina con poco más de cuatro inviernos de vida, y otro seis.


— Pero estos no son prospectos. ¡Son unos niñitos, es inaceptable!— dijo una voz masculina muy indignada, que venía de otra esfera, que brillaba con un ligero tono verdoso. Otras voces expresaron su disconformidad, al respecto.
—No podemos dar esa responsabilidad a un niño, independientemente de cual sea elegido por esta junta, yo sé como es. Ellos no van a ser capaces de manejar la presión, responsabilidad y poder que conlleva esta tarea. Yo tuve esa carga a los doce años y fue muy difícil para mí. Ellos no tendrán siquiera un maestro. Jamás podrían realizar la misión de este período y aprender por sí mismos en un mes. Me opongo con todo respeto a esto, aún si no tengo voto en la junta, ruego que tomen en cuenta mi experiencia.
—Estoy de acuerdo con tu punto, Seraphine. Sin embargo, no consigo vislumbrar la luz en todo esto. Si no es uno de ellos, no habrá guardián. Sé que no fue tu culpa no haber terminado tu periodo completo, pero estamos en un gran problema. Los prospectos son muy jóvenes para que efectuen su deber a cabalidad y tú ya no estás en el mundo de los vivos. Me parece que la decisión es obvia— uno de los seres en la habitación terminó de hablar, con su grave voz.


La figura de Seraphine se dio la vuelta y dándole la espalda a los presentes. Ella miraba a las caras en el humo de la chimenea, absorta. No es justo, esa debió de haber sido mi carga, pensó ella. Todos guardaron silencio mientras observaban la figura de ella contra la chimenea.


—Bueno miembros de la Junta de Montmartre, es hora de tomar la decisión
—Hay otra opción... es lo más correcto, pero creo que muchos de ustedes no estarán de acuerdo— la líder se vio interrumpida por la asistente más joven y nueva. El resto de los miembros ahogaron gritos y murmuraron por la insolencia de Seraphine.
—Dila entonces, joven— la única esfera que había estado en silencio, habló. Tenía un leve rastro de acento español.


La figura de la líder asintió y Seraphine continuó.
—La opción que no han contemplado es buscar a un guardián que no sea europeo.
—¡No es posible! Los prospectos deben poseer sangre europea o al menos tener algún antepasado ocho generaciones atrás. Además deben de haber nacido y vivido en Europa!— exclamó Inna, sumamente molesta con esa niña insolente, que se atrevía a no seguir las tradiciones. Por eso estaba muerta, pensó con satisfacción.
—Les dije que no les iba a agradar mi propuesta— les dijo Seraphine impasible —. Sin embargo, la sangre europea aún se debe mantener entre los requisitos, solo que ahora se obviaría la regla que indica que deben vivir y haber nacido en Europa— Seraphine extendió su mano izquierda, con un tintineo de pulseras de oro y plata, hacia el fuego. Con la derecha hizo el ademán de dispersar el humo. Las figuras de los tres niños fueron sustituidas por dos adolescentes. Ella se distanció de la chimenea y encaró a los presentes—. Ellos tienen una edad más razonable para soportar este deber. El mayor inconveniente es que los dos no son muy sensibles a lo extra-terrenal. Pero el resto de requisitos los llenan.
—Seraphine, el chico a duras penas llena el requisito de energía vital y la chica no es ¿Cómo decirlo? Buena para concentrarse— dijo la figura que no había dicho una palabra en toda la sesión.
—Lo sé, Lluc, pero es mejor que enviar a unos niños de kindergarten a defender algo que ni siquiera entenderían— le respondió Seraphine, volvió la mirada alrededor de la mesa—. Miembros del consejo, en ustedes está el poder de tomar la decisión más acertada.


Los presentes guardaron silencio, estudiando las opciones. Seraphine abrió una de las puertas del salón, y subió las escaleras hasta llegar a la azotea del edificio. La vista de París nocturno la cautivó, mientras recibía una fresca brisa.


Se sentó en la orilla del edificio, sus piernas colgaban por un costado de este. Solo esperaba la resolución de la junta, pero mientras lo hacía, fue sacudida por la nostalgia y no pudo evitar decir...
— ¡Como extrañaba este aroma, esta vista, de París, mí París!— Una lágrima resbaló silenciosa por el rostro de Seraphine—. Fue hace cuatro años... ¿Estará él bien...?


Una figura sigilosa se le acerco.
—Hemos tomado una decisión. Lina, tu propuesta fue admitida, aunque solo por un pequeño margen. Tuve que respaldar tu palabra para convencer a los indecisos. Incluso tras haber sido sacada de tu puesto como guardiana, sigues siendo de gran importancia para todos aquí y en la otra ciudad— la líder de la junta interrumpió las cavilaciones de Seraphine, pero a esta no le importó.
—Gracias. Es mi deber, aunque no pueda enseñarle al futuro elegido como proceder con su deber de guardián— dijo Lina, Seraphine no era más que su nombre de guardiana—. Debí haber sido más fuerte...
—Ocurrió lo que debía ocurrir Lina y ya no podemos hacer nada al respecto, sin embargo, elegimos seguir tu consejo, aunque no elegimos al siguiente guardián. Aquel extranjero que demuestre mayor sensibilidad, será el guardián temporal. Pero el guardián del siguiente período sí fue elegido: Pavel, el niño ruso de seis años será el protector número CCCLIX. A tu cargo, Lina, quedará lo referente al guardián temporal, ya que fue tu idea.
—De acuerdo—Lina asintió con decisión, aunque después pareció preocupada—. Pero no tengo un cuerpo físico. ¿Cómo podré ayudar? Los prospectos no podrán verme por su poca sintonía con todo lo que no es de su mundo.
—Me temo que eso quedará a tu criterio.


Seraphine miró a su líder y asintió, luego saltó de la azotea rumbo al mirador de Montmartre, frente a la Basílica de Sacré Cœur. Tenía mucho que hacer y planear antes de que llegaran los prospectos. Y muy poco tiempo para hacerlo.

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Bueno, este es mi "hijo", La Junta de Montmartre. Es un proyecto en progreso, todo es un engendro de mi imaginación, y mi amiga Esciam se encarga de revisarlo.

Algún día me gustaría verlo publicado, pero bueno, creo que falta rato para llegar a ver algo mío en algún lugar más importante que FictionPress.


La idea surgió de mi viaje a Europa (sí, lo que ocurre cuando te aburres olímpicamente...).

Solo queda por agregar, que esta obra y sus capítulos venideros quedan TODOS registrados a mi nombre en Safe Creative. Así que nada de plagios. 
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Cole (Versión 2)



Bueno, está es la segunda versión del cuento Cole.

Le tengo cariño, fue el primer original que escribí, y además porque con este gané un concurso en mi colegio y a nivel Circuital.

Se podría decir que esta es una versión "censurada", porque la cambié un poco para el concurso, y además hay unas escenas narradas un poco diferente.

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Cole


Recuerdo cuando la vi por primera vez. Estaba sola, sentada junto a esa malla, a la par de la cancha de fútbol. Se veía triste mientras leía un libro que parecía viejo. Una bola de fútbol pegó a su lado, ella se limitó a darle vuelta a la hoja. Me pareció ver que suspiró.

Mis compañeros pidieron la bola de vuelta. Yo me fui hacia la pelota, y le pasé el balón a esa sarta de imbéciles que se reían de ella y le decían cosas que yo había oído por años. La joven no hizo nada, solo siguió leyendo.

Admiré su valor, su sangre fría al no inmutarse. Yo nunca había podido soportarlos, pero ella los ignoraba olímpicamente. ¿Cómo podía ser que esa “nueva” soportaba el martirio que yo había sufrido desde kinder? Y lo más, ¿Por qué con ella? ¿Por qué esos cabrones eran tan poco hombres, para meterse con una muchacha bonita? ¿Solo por leer y no disfrutar de telenovelas? Patético.

Yo la encontraba muy linda, pero... ¿Cómo me le iba a acercar si no me dejaban en paz? Con esos desgraciados cerca de mí, cuidando hasta del último detalle de lo que hacía o no hacía, para convertir mi día en el cole en un martirio. No era justo. Ellos nunca lo habían sido conmigo.

Un día, en el almuerzo, me intentaron golpear, y yo corrí, porque contra esos gorilas no tenía oportunidad. Iba pasando por un pasillo desierto y ahí fue cuando la vi de nuevo, tan sola como siempre. Y con su libro usual, pero a mi sí me parecía más humana mientras comía. Me le acerqué un poco y, al verme, ella sonrió.

Nadie, nunca en el colegio, la había visto sonreír de verdad.

Junté fuerzas para acercarme más a ella y hablarle pero mis piernas se negaban a obedecer. Miré a mi alrededor intentando tranquilizarme, la chica había encontrado un lugar muy hermoso, con una colina verde a un costado del edificio. Estaba bastante apartado del bullicio del comedor y de las canchas de fútbol. Era en un lugar seguro, donde confiaba que ellos no me buscarían. Me relaje un poco al notar eso.

Con un nudo en la garganta, por fin me atreví a sentarme junto a ella. La chica me miró directamente a los ojos, con un poco de curiosidad y apartó un largo mechón de cabello de su rostro. Tomé aire y me lancé, inicié una conversación.

Empezamos a hablar. Pero mi gran bocota y yo, sólo podían decir estupideces. Eso a ella no le parecía importar, nada más me sonreía y de vez en cuando preguntaba sobre los temas de los que yo parloteaba.

La campana sonó.

El mejor almuerzo de mi vida había terminado.


Al día siguiente fui de nuevo a la colina, está vez ella habló más, igual yo era el que más hablaba, pero la joven seguía feliz y yo también. Al fin sentía que valía la pena ir al colegio. Seguí yendo cada vez que me podía escapar de mis infelices compañeros de clases.

Pero un día lo descubrieron.

Recuerdo cómo se burlaron de nosotros: nos llamaron de todo, desde "rechas enamorados", hasta cosas como novios. Me vi obligado a dejar de almorzar con ella, por presión de mis compañeros. La chica permaneció seria y callada, con su libro en la mano. Pero cuando nos cruzábamos en los pasillos, me parecía ver una amargura en su mirada que no estaba antes. Eso no ayuda a hacerme sentir mejor.

Mis compañeros nos molestaban mucho y me impedían acercarme a ella. Creo que eso la hirió más de lo que jamás demostró.

Medio año después, conseguí regresar al lugar de los almuerzos. El año escolar estaba a punto de acabar. Y allí estaba ella como siempre lo había estado. Pero algo había cambiado, el libro no la acompañaba. Sus ojos estaban rojos.

—¿Y tu libro? —le pregunté, mirándola detenidamente.

—Lo rompieron esos desgraciados... —se le quebró la voz. Ella se aclaró la garganta y prosiguió—. Era el libro favorito de mi abuelo, de cuando estaba vivo.

Yo no sabía bien cómo consolarla, sólo la abracé, y le dije que olvidara a nuestros compañeros. Pero ella no había terminado de hablar, se separó de mí y me dijo suavemente:

—Encontré otro cole, váyase conmigo. ¡Por favor! No es humano estar aquí y lo sabe —ella me miró expectante, con los ojos brillantes.


Pero yo no podía, a mí no me iban a permitir cambiar de colegio. Si pudiera ya no hubiera estado allí. La campana sonó, ella no se levantó, pero me seguía mirando fijamente. Ya lo sabía.

—Entonces... ¿Esta es su decisión? Yo el próximo año ya no regreso, tengo la oportunidad de más y la voy a aprovechar, ya me matriculé. Piénselo bien —se levantó, recogió sus cosas y se fue a su clase sin volverme a ver.

Me entristecí, pero no podía acompañarla, a mi única amiga.

Tres días antes de finalizar el curso, me fui a almorzar con ella de nuevo. Los dos comimos en silencio, ella estaba seria, ya no sonreía. Terminó de comer, lavó sus dientes y me miró.

—Yo te gusto... ¿verdad? —Ella se levantó mientras la campana sonaba.

Yo seguía ahí sin decir nada, en shock. ¿Como lo había averiguado? ¿Acaso era tan obvio lo que yo sentía?

Cuando ella ya iba por medio pasillo, me volvió a ver y me dijo tristemente:

—Muy tarde, lo lamento, yo ya no vengo más al cole. Tal vez nos veremos... después. —y sonrió por última vez, como dándome a entender que era algo mutuo.

Creo que estaba dolida, porque jamás tuve valor suficiente para decIrle lo mucho que me gustaba.

¡Qué tonto fui!


Dos años pasaron. Estaba en el último día de quinto año de secundaria. Las cosas seguían igual en mi colegio. Todo excepto que ahora estaba sin ella.

Iba caminando hacia mi casa, mucho más tarde que de costumbre, y la vi. Estaba más hermosa que nunca. Ella iba caminando por el otro lado de la calle, con unas muchachas, usando un vestido claro, seria como lo usual.
Pero por un breve instante, ella sonrió, justo como cuando almorzábamos juntos.

Yo me detuve para verla mejor, pero era tarde, un autobús tapó mi vista. Cuando este se fue, ella ya se había ido.

Mi momento había pasado, de nuevo me agarró tarde.


Esos años habían sido un suplicio, todo excepto ella.