Cartas de Despedida
—“Estimados Pasajeros habla su capitán, hemos despegado exitosamente de San José, Costa Rica, rumbo a Caracas, Venezuela. Se espera un vuelo tranquilo y sin demoras, para arribar al destino en una hora aproximadamente”—. La voz de los altos parlantes paró y la música del avión reanudó.
Una joven morena, que hasta ese momento había estado viendo distraídamente por la ventana, buscó su mochila debajo del asiento delantero y extrajo dos sobres de carta, uno hecho con una hoja de cuaderno y otro con imágenes de las “Princesitas Disney”. La muchacha sonrió y sacó la carta del primero.
“Vale:
¡Buen Viaje!
Mi querida amiga, quiero que sepas que te voy a extrañar mucho estos días. Espero que disfrutes un montón de Europa (no importa con quien vayas, es tu regalo de Quince-años…), es una oportunidad muy grande para desperdiciarla.
Quiero que recuerdes que eres una persona muy especial, y que cuentas conmigo siempre. También que no olvides mi souvenir…
Bueno, no te quito más tiempo, nada más espero que regreses pronto. ¡Disfruta mucho!
T.Q.M.
Silvia”
¡Buen Viaje!
Mi querida amiga, quiero que sepas que te voy a extrañar mucho estos días. Espero que disfrutes un montón de Europa (no importa con quien vayas, es tu regalo de Quince-años…), es una oportunidad muy grande para desperdiciarla.
Quiero que recuerdes que eres una persona muy especial, y que cuentas conmigo siempre. También que no olvides mi souvenir…
Bueno, no te quito más tiempo, nada más espero que regreses pronto. ¡Disfruta mucho!
T.Q.M.
Silvia”
Valeria sonrió al finalizar de leer e intentó grabar en su mente el comprar el souvenir para Silvia.
A su lado, su madrina y la mejor amiga de esta discutían con una aeromoza para que les trajeran más café. Una taza nunca era suficiente para ellas. Vale puso los ojos en blanco, mientras pensaba que los veintidós días se harían eternos.
Del otro lado del pasillo, una chica un poco menor le sonrió, ella devolvió la sonrisa y le hizo un gesto de auxilio. Pero la joven no le respondió, así que centró su atención en la otra carta. Una aeromoza le hizo señas, para darle el refrigerio, así que Vale bajó la mesa de su asiento, mientras le asistente de vuelo le daba su comida y el famoso café a su madrina, empezó a leerla.
“Para ti Val, con mucho cariño…
Amiga te deseo lo mejor, de lo mejor, en este viaje…
Y a la vez agradecerte por tu comprensión y amistad… Aprecio mucho que seas mi amiga y nunca lo voy a olvidar.
Te valoro mucho y espero que confíes en mí tanto como yo en ti.
Te quiero mucho y lo digo en serio, no suelo decir cosas así. Pero tú eres muy especial para mí, por eso te lo digo.
En fin, pásalo bien en “Europalandia” y graba un video del aterrizaje del avión, porque yo nunca he andado en uno.
Adri.
PD.: Espero que te gusten las princesitas… ¡Y tráeme algo bonito!”
Valeria notó como unas lágrimas bajaban por su mejilla, así que con la manga del suéter las secó. Guardó las cartas y se puso en pie. Pidió permiso a su madrina y a la amiga de ella, doña Isabela, y se fue al baño del avión.
Una vez dentro, puso el seguro de la puerta y se sentó en el inodoro. La chica no resistió y se puso a llorar.
El avión se balanceó por un momento, suavemente y ella sintió como uno de sus lentes de contacto salió de su ojo izquierdo. Lo buscó con la vista por unos momentos, pero se dio cuenta que se había quedado pegado en la blusa. Se levantó y lo recogió del cuello de su blusa, tomó el lente y lo colocó en su ojo nuevamente. El avión volvió a sacudirse, pero esta vez con más intensidad. Valeria oyó como el piloto instaba a todos a colocarse sus cinturones mientras pasaban por la zona de turbulencia y decidió apurarse. Se lavó la cara rápidamente, se miró al espejo y se arregló un poco el cabello para parecer presentable. Salió y se dirigió a su asiento. Sus dos acompañantes estaban pálidas pero no hicieron mayor comentario.
Media hora después, el piloto anunció el descenso a Caracas. Una vez en el aeropuerto se dedicaron a buscar su avión, mientras Valeria no podía dejar en pensar en cuanto odiaba las escalas. Tenían hora y media para encontrar la sala de abordaje o perderían su vuelo.
Se perdieron en el aeropuerto, por cortesía de su madrina, la joven estaba casi perdió la paciencia, cuando al fin lograron dar con su vuelo. Valeria observó asombrada el 747 Jumbo que esperaba tras el ventanal del aeropuerto, nunca había observado un avión tan grande en su vida. Por algo venía de un país pequeño con aviones de acuerdo a su tamaño. Tras hacer la fila y ser vergonzosamente revisada por una soldado venezolana, ella pudo, para su alegría, entrar en la lata voladora. El avión la asustaba un poco, al igual que la posibilidad de quedar nadando el océano Atlántico, pero al ver la tranquilidad de las aeromozas francesas que pasaban por los pasillos caminando, o más bien casi flotando, decidió que era un temor estúpido y que si estaba destinada a morir, ya estaba escrito.
Antes del despegue se dedicó a tomar notas mentales de dos cosas, no viajar nunca más con su madrina y de no volver a ser requisada en Venezuela por culpa de un cinturón con adornos metálicos.
El avión se elevó hasta una hora después de lo esperado y tras eso, Valeria dedicó parte de su atención a cenar y ver una película. También se divirtió observando a su madrina rezar con fervor y desesperación cada vez que experimentaban turbulencia, como un chico brasileño que iba delante de ella, quien se reía sin hacer mucho ruido. Pero finalmente el vuelo se le hizo muy largo y nada en al avión: las películas, la turbulencia y la rezadera; pudo evitar que se durmiera, hecha un ovillo en su asiento de clase económica.
—Mamita, mamita, despiértese. Ya están dando el desayuno —le dijo su madrina, mientras observaba a las aeromozas con sus carritos rebosantes de comida. Ella se despertó con dolor de espalda y cuello.
Valeria tomó su desayuno. Alternativamente intentaba estirarse en su reducido espacio. Parecía que esos asientos estaban diseñados para enanos. Estos vuelos transatlánticos son rudos, pensó.
Para cuando había terminado su comida, el piloto anunció, en un español con fuerte acento francés, que enseguida aterrizarían en Francia, el aeropuerto Charles de Gaulle. Ella miró su reloj: eran las seis de la mañana hora local, pero en su país natal recién era media noche. Definitivamente el jetlag le iba a afectar pronto.
Al fin podía sentir que su tedioso viaje en verdad iba a empezar. Afortunadamente para Valeria Silva, ese paseo iba a ser de todo menos aburrido.



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