La Junta de Montmartre - Duras Decisiones (Prólogo)

Prólogo
Duras Decisiones


En una oscura habitación en lo alto de Montmartre, unas voces mantenían una discusión. La chimenea se encontraba apagada y las cortinas estaban corridas. Afuera reinaba la característica luz de París. Al menos cinco personas estaban reunidas alrededor de una mesa. En el centro de esta, tres esferas de cristal estaban puestas cuidadosamente.


Una voz de mujer, la líder, se sobrepuso sobre el resto de voces que había en el lugar. Todos los presentes hablaban francés.
—Debemos elegir al guardián de este período. Desafortunadamente las opciones disponibles son pocas. La guardiana pasada— una de las figuras en la habitación bajó la cabeza por un instante, como haciendo una reverencia—. No consiguió cumplir con los deberes asignados. Por lo que hoy nos encontramos en una encrucijada: Por un lado, no hay ningún prospecto que cumpla con todos los requerimientos y, por el otro, no tenemos un maestro para el siguiente guardián, por el motivo que todos en la junta ya conocemos— la líder se detuvo, y todos los miembros guardaron silencio analizando sus palabras. Una de las esferas de cristal, empezó a brillar con una tenue luz azulada, la lider volvió a ver a la esfera—. ¿Sí, Inna?
—Compañeros, lamento la tardanza y no haber podido asistir a la reunión de forma física. Asuntos terrenales, ustedes comprenderán. Ahora, con respecto a los prospectos... ¿Qué tenemos?— la voz que salió de la esfera tenía por dueña a una mujer de unos setenta años, con fuerte acento germano en el francés que utilizaba.


Una de las figuras, que estaba sentada en una silla junto a la mesa, se puso en pie. Dirigió sus pasos hacia la chimenea y extendió sus manos frente a esta. De inmediato unas llamas empezaron a salir de la madera, y en pocos segundos la leña se encontraba completamente encendida. Un humo emanó del fuego, creando tres rostros humanos: una niña de unos cinco años, un chico con una boina con poco más de cuatro inviernos de vida, y otro seis.


— Pero estos no son prospectos. ¡Son unos niñitos, es inaceptable!— dijo una voz masculina muy indignada, que venía de otra esfera, que brillaba con un ligero tono verdoso. Otras voces expresaron su disconformidad, al respecto.
—No podemos dar esa responsabilidad a un niño, independientemente de cual sea elegido por esta junta, yo sé como es. Ellos no van a ser capaces de manejar la presión, responsabilidad y poder que conlleva esta tarea. Yo tuve esa carga a los doce años y fue muy difícil para mí. Ellos no tendrán siquiera un maestro. Jamás podrían realizar la misión de este período y aprender por sí mismos en un mes. Me opongo con todo respeto a esto, aún si no tengo voto en la junta, ruego que tomen en cuenta mi experiencia.
—Estoy de acuerdo con tu punto, Seraphine. Sin embargo, no consigo vislumbrar la luz en todo esto. Si no es uno de ellos, no habrá guardián. Sé que no fue tu culpa no haber terminado tu periodo completo, pero estamos en un gran problema. Los prospectos son muy jóvenes para que efectuen su deber a cabalidad y tú ya no estás en el mundo de los vivos. Me parece que la decisión es obvia— uno de los seres en la habitación terminó de hablar, con su grave voz.


La figura de Seraphine se dio la vuelta y dándole la espalda a los presentes. Ella miraba a las caras en el humo de la chimenea, absorta. No es justo, esa debió de haber sido mi carga, pensó ella. Todos guardaron silencio mientras observaban la figura de ella contra la chimenea.


—Bueno miembros de la Junta de Montmartre, es hora de tomar la decisión
—Hay otra opción... es lo más correcto, pero creo que muchos de ustedes no estarán de acuerdo— la líder se vio interrumpida por la asistente más joven y nueva. El resto de los miembros ahogaron gritos y murmuraron por la insolencia de Seraphine.
—Dila entonces, joven— la única esfera que había estado en silencio, habló. Tenía un leve rastro de acento español.


La figura de la líder asintió y Seraphine continuó.
—La opción que no han contemplado es buscar a un guardián que no sea europeo.
—¡No es posible! Los prospectos deben poseer sangre europea o al menos tener algún antepasado ocho generaciones atrás. Además deben de haber nacido y vivido en Europa!— exclamó Inna, sumamente molesta con esa niña insolente, que se atrevía a no seguir las tradiciones. Por eso estaba muerta, pensó con satisfacción.
—Les dije que no les iba a agradar mi propuesta— les dijo Seraphine impasible —. Sin embargo, la sangre europea aún se debe mantener entre los requisitos, solo que ahora se obviaría la regla que indica que deben vivir y haber nacido en Europa— Seraphine extendió su mano izquierda, con un tintineo de pulseras de oro y plata, hacia el fuego. Con la derecha hizo el ademán de dispersar el humo. Las figuras de los tres niños fueron sustituidas por dos adolescentes. Ella se distanció de la chimenea y encaró a los presentes—. Ellos tienen una edad más razonable para soportar este deber. El mayor inconveniente es que los dos no son muy sensibles a lo extra-terrenal. Pero el resto de requisitos los llenan.
—Seraphine, el chico a duras penas llena el requisito de energía vital y la chica no es ¿Cómo decirlo? Buena para concentrarse— dijo la figura que no había dicho una palabra en toda la sesión.
—Lo sé, Lluc, pero es mejor que enviar a unos niños de kindergarten a defender algo que ni siquiera entenderían— le respondió Seraphine, volvió la mirada alrededor de la mesa—. Miembros del consejo, en ustedes está el poder de tomar la decisión más acertada.


Los presentes guardaron silencio, estudiando las opciones. Seraphine abrió una de las puertas del salón, y subió las escaleras hasta llegar a la azotea del edificio. La vista de París nocturno la cautivó, mientras recibía una fresca brisa.


Se sentó en la orilla del edificio, sus piernas colgaban por un costado de este. Solo esperaba la resolución de la junta, pero mientras lo hacía, fue sacudida por la nostalgia y no pudo evitar decir...
— ¡Como extrañaba este aroma, esta vista, de París, mí París!— Una lágrima resbaló silenciosa por el rostro de Seraphine—. Fue hace cuatro años... ¿Estará él bien...?


Una figura sigilosa se le acerco.
—Hemos tomado una decisión. Lina, tu propuesta fue admitida, aunque solo por un pequeño margen. Tuve que respaldar tu palabra para convencer a los indecisos. Incluso tras haber sido sacada de tu puesto como guardiana, sigues siendo de gran importancia para todos aquí y en la otra ciudad— la líder de la junta interrumpió las cavilaciones de Seraphine, pero a esta no le importó.
—Gracias. Es mi deber, aunque no pueda enseñarle al futuro elegido como proceder con su deber de guardián— dijo Lina, Seraphine no era más que su nombre de guardiana—. Debí haber sido más fuerte...
—Ocurrió lo que debía ocurrir Lina y ya no podemos hacer nada al respecto, sin embargo, elegimos seguir tu consejo, aunque no elegimos al siguiente guardián. Aquel extranjero que demuestre mayor sensibilidad, será el guardián temporal. Pero el guardián del siguiente período sí fue elegido: Pavel, el niño ruso de seis años será el protector número CCCLIX. A tu cargo, Lina, quedará lo referente al guardián temporal, ya que fue tu idea.
—De acuerdo—Lina asintió con decisión, aunque después pareció preocupada—. Pero no tengo un cuerpo físico. ¿Cómo podré ayudar? Los prospectos no podrán verme por su poca sintonía con todo lo que no es de su mundo.
—Me temo que eso quedará a tu criterio.


Seraphine miró a su líder y asintió, luego saltó de la azotea rumbo al mirador de Montmartre, frente a la Basílica de Sacré Cœur. Tenía mucho que hacer y planear antes de que llegaran los prospectos. Y muy poco tiempo para hacerlo.

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Bueno, este es mi "hijo", La Junta de Montmartre. Es un proyecto en progreso, todo es un engendro de mi imaginación, y mi amiga Esciam se encarga de revisarlo.

Algún día me gustaría verlo publicado, pero bueno, creo que falta rato para llegar a ver algo mío en algún lugar más importante que FictionPress.


La idea surgió de mi viaje a Europa (sí, lo que ocurre cuando te aburres olímpicamente...).

Solo queda por agregar, que esta obra y sus capítulos venideros quedan TODOS registrados a mi nombre en Safe Creative. Así que nada de plagios. 
Safe Creative #1001225364440
 



Cole (Versión 2)



Bueno, está es la segunda versión del cuento Cole.

Le tengo cariño, fue el primer original que escribí, y además porque con este gané un concurso en mi colegio y a nivel Circuital.

Se podría decir que esta es una versión "censurada", porque la cambié un poco para el concurso, y además hay unas escenas narradas un poco diferente.

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Cole


Recuerdo cuando la vi por primera vez. Estaba sola, sentada junto a esa malla, a la par de la cancha de fútbol. Se veía triste mientras leía un libro que parecía viejo. Una bola de fútbol pegó a su lado, ella se limitó a darle vuelta a la hoja. Me pareció ver que suspiró.

Mis compañeros pidieron la bola de vuelta. Yo me fui hacia la pelota, y le pasé el balón a esa sarta de imbéciles que se reían de ella y le decían cosas que yo había oído por años. La joven no hizo nada, solo siguió leyendo.

Admiré su valor, su sangre fría al no inmutarse. Yo nunca había podido soportarlos, pero ella los ignoraba olímpicamente. ¿Cómo podía ser que esa “nueva” soportaba el martirio que yo había sufrido desde kinder? Y lo más, ¿Por qué con ella? ¿Por qué esos cabrones eran tan poco hombres, para meterse con una muchacha bonita? ¿Solo por leer y no disfrutar de telenovelas? Patético.

Yo la encontraba muy linda, pero... ¿Cómo me le iba a acercar si no me dejaban en paz? Con esos desgraciados cerca de mí, cuidando hasta del último detalle de lo que hacía o no hacía, para convertir mi día en el cole en un martirio. No era justo. Ellos nunca lo habían sido conmigo.

Un día, en el almuerzo, me intentaron golpear, y yo corrí, porque contra esos gorilas no tenía oportunidad. Iba pasando por un pasillo desierto y ahí fue cuando la vi de nuevo, tan sola como siempre. Y con su libro usual, pero a mi sí me parecía más humana mientras comía. Me le acerqué un poco y, al verme, ella sonrió.

Nadie, nunca en el colegio, la había visto sonreír de verdad.

Junté fuerzas para acercarme más a ella y hablarle pero mis piernas se negaban a obedecer. Miré a mi alrededor intentando tranquilizarme, la chica había encontrado un lugar muy hermoso, con una colina verde a un costado del edificio. Estaba bastante apartado del bullicio del comedor y de las canchas de fútbol. Era en un lugar seguro, donde confiaba que ellos no me buscarían. Me relaje un poco al notar eso.

Con un nudo en la garganta, por fin me atreví a sentarme junto a ella. La chica me miró directamente a los ojos, con un poco de curiosidad y apartó un largo mechón de cabello de su rostro. Tomé aire y me lancé, inicié una conversación.

Empezamos a hablar. Pero mi gran bocota y yo, sólo podían decir estupideces. Eso a ella no le parecía importar, nada más me sonreía y de vez en cuando preguntaba sobre los temas de los que yo parloteaba.

La campana sonó.

El mejor almuerzo de mi vida había terminado.


Al día siguiente fui de nuevo a la colina, está vez ella habló más, igual yo era el que más hablaba, pero la joven seguía feliz y yo también. Al fin sentía que valía la pena ir al colegio. Seguí yendo cada vez que me podía escapar de mis infelices compañeros de clases.

Pero un día lo descubrieron.

Recuerdo cómo se burlaron de nosotros: nos llamaron de todo, desde "rechas enamorados", hasta cosas como novios. Me vi obligado a dejar de almorzar con ella, por presión de mis compañeros. La chica permaneció seria y callada, con su libro en la mano. Pero cuando nos cruzábamos en los pasillos, me parecía ver una amargura en su mirada que no estaba antes. Eso no ayuda a hacerme sentir mejor.

Mis compañeros nos molestaban mucho y me impedían acercarme a ella. Creo que eso la hirió más de lo que jamás demostró.

Medio año después, conseguí regresar al lugar de los almuerzos. El año escolar estaba a punto de acabar. Y allí estaba ella como siempre lo había estado. Pero algo había cambiado, el libro no la acompañaba. Sus ojos estaban rojos.

—¿Y tu libro? —le pregunté, mirándola detenidamente.

—Lo rompieron esos desgraciados... —se le quebró la voz. Ella se aclaró la garganta y prosiguió—. Era el libro favorito de mi abuelo, de cuando estaba vivo.

Yo no sabía bien cómo consolarla, sólo la abracé, y le dije que olvidara a nuestros compañeros. Pero ella no había terminado de hablar, se separó de mí y me dijo suavemente:

—Encontré otro cole, váyase conmigo. ¡Por favor! No es humano estar aquí y lo sabe —ella me miró expectante, con los ojos brillantes.


Pero yo no podía, a mí no me iban a permitir cambiar de colegio. Si pudiera ya no hubiera estado allí. La campana sonó, ella no se levantó, pero me seguía mirando fijamente. Ya lo sabía.

—Entonces... ¿Esta es su decisión? Yo el próximo año ya no regreso, tengo la oportunidad de más y la voy a aprovechar, ya me matriculé. Piénselo bien —se levantó, recogió sus cosas y se fue a su clase sin volverme a ver.

Me entristecí, pero no podía acompañarla, a mi única amiga.

Tres días antes de finalizar el curso, me fui a almorzar con ella de nuevo. Los dos comimos en silencio, ella estaba seria, ya no sonreía. Terminó de comer, lavó sus dientes y me miró.

—Yo te gusto... ¿verdad? —Ella se levantó mientras la campana sonaba.

Yo seguía ahí sin decir nada, en shock. ¿Como lo había averiguado? ¿Acaso era tan obvio lo que yo sentía?

Cuando ella ya iba por medio pasillo, me volvió a ver y me dijo tristemente:

—Muy tarde, lo lamento, yo ya no vengo más al cole. Tal vez nos veremos... después. —y sonrió por última vez, como dándome a entender que era algo mutuo.

Creo que estaba dolida, porque jamás tuve valor suficiente para decIrle lo mucho que me gustaba.

¡Qué tonto fui!


Dos años pasaron. Estaba en el último día de quinto año de secundaria. Las cosas seguían igual en mi colegio. Todo excepto que ahora estaba sin ella.

Iba caminando hacia mi casa, mucho más tarde que de costumbre, y la vi. Estaba más hermosa que nunca. Ella iba caminando por el otro lado de la calle, con unas muchachas, usando un vestido claro, seria como lo usual.
Pero por un breve instante, ella sonrió, justo como cuando almorzábamos juntos.

Yo me detuve para verla mejor, pero era tarde, un autobús tapó mi vista. Cuando este se fue, ella ya se había ido.

Mi momento había pasado, de nuevo me agarró tarde.


Esos años habían sido un suplicio, todo excepto ella.

Cole (Versión 1)

Bueno, esta es la primera versión de este cuento. 
Más adelante pondré la otra.


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Cole



Recuerdo cuando la vi por primera vez, ella estaba sola, sentada junto a esa malla, a la par de la cancha de fútbol. Se veía triste, leía un libro que parecía viejo. Una bola de fútbol pegó a su lado, ella se limitó a darle vuelta a la hoja. Me pareció ver que ella suspiró.


Mis compañeros, pidieron la bola de vuelta. Yo me fui hacia esta, y le pasé el balón a esa sarta de imbéciles que se reían de ella y decían cosas que yo había oído por años.
Ella no hizo nada, siguió leyendo.


Admiré su valor, su sangre fría al no inmutarse, yo nunca había podido soportarlos, pero ella los ignoraba olímpicamente. ¿Cómo podía ser que esa nueva soportaba el martirio que yo había sufrido desde kinder?
¿Y lo más, por qué con ella?
¿Por que esos cabrones eran tan poco hombres, para meterse con una muchacha bonita?
¿Solo por leer, y no disfrutar de telenovelas?
Patético.




Yo la encontraba bonita, pero... ¿Cómo me le iba a acercar si no me dejaban en paz? Con esos desgraciados cerca de mí, cuidando hasta del último detalle mío para hacer mi día en el cole un martirio. No era justo. Nunca lo habían sido conmigo.








Un día en el almuerzo, me intentaron golpear, y yo corrí, porque contra esos gorilas no había oportunidad. Iba pasando por un pasillo desierto, y ahí fué donde la ví de nuevo, tan sola como siempre. Y con un libro lo usual, pero a mí si me parecía humana mientras comía. Me le acerqué, y al verme ella sonrió.


Nadie nunca en el colegio la había visto sonreír de verdad.


Empezamos a hablar, pero yo y mi bocota, sólo podía hablar de estúpideces. Pero a ella no le parecía importar nada más me sonreía, y de vez en cuando me preguntaba de los temas de los que yo decía. La campana sonó. El mejor almuerzo de mi vida había terminado.


Al día siguiente fuí de nuevo, está vez me ella habló más, igual yo era el que más parloteaba, pero ella seguía feliz, y yo también. Al fin sentía que valía la pena ir.
Seguí yendo cada vez que me podía escapar de mis infelices compañeros de clases.


Pero un día lo descubrieron, recuerdo como se burlaron de nosotros, nos llamaron de todo, desde "rechas enamorados", hasta lo innombrable. Me vi obligado a dejar de almorzar con ella. Ella permaneció seria y callada, con su libro en mano.


Medio año después, conseguí regresar al lugar de los almuerzos, el año escolar estaba a punto de acabar. Y allí estaba ella como siempre lo había estado.
Pero algo había cambiado, su libro no estaba. Sus ojos estaban rojos.


—¿Y tu libro?—Le pregunté, mirándola detenidamente.
—Lo rompieron esos malparidos...— Ella se aclaró la garganta y siguió— Era el libro favorito de mi abuelo, de cuando estaba vivo.


Yo no sabía que decir, la abracé, y le dije que olvidara a nuestros compañeros. Pero ella no había terminado de hablar, se separó de mí y me dijo suavemente:


—Encontré otro cole, váyase conmigo. ¡Por favor! No es humano estar aquí y lo sabe.— Ella me miró expectante, con los ojos brillantes.


Pero yo no podía, a mí no me iban a permitir cambiar de colegio. Si no ya no hubiera estado allí.
La campana sonó, ella no se levantó, pero me seguía mirando fijamente. Ya lo sabía.


—Entonces... ¿Esta es su decisión? Yo el próximo año ya no regreso, tengo la oportunidad de más, y la voy a aprovechar, ya me matriculé. Piénselo bien.— Se levantó, recogió sus cosas y se fue a su clase sin volverme a ver.




Me entristecí, pero no podía acompañarla, a mi única amiga.





Tres días antes de finalizar el curso, me fui a almorzar con ella. Los dos comimos en silencio, ella estaba seria, ya no sonreía. Terminó de comer, se lavó sus dientes y me miró.


—Yo te gusto... ¿verdad? — Ella se levantó mientras la campana sonaba. Yo seguía ahí sin decir nada, en shock. ¿Como lo había averiguado?


Cuando ella ya iba por medio pasillo, me volvió a ver y me dijo tristemente:
—Muy tarde. Lo lamento, yo ya no vengo más. Tal vez nos veremos... después... —Y sonrió.




¡Qué imbécil fui!






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Dos años pasaron, estaba en el último día, de mi último año de secundaria. Iba con mi uniforme distintivo de generación. Las cosas seguían igual en mi colegio. Todo excepto que estaba sin ella.



Iba caminando hacia mi casa, y la vi. Estaba más hermosa que nunca. Ella iba caminando por el otro lado de la calle, con otra muchacha, seria como lo usual.
Pero por un breve instante, ella sonrió, justo como cuando almorzábamos juntos.
Yo me detuve para verla mejor, pero ya era tarde.


Mi momento había pasado, de nuevo me agarró tarde.




Esos años habían sido un suplicio, todo excepto ella.